Hoy recordé algo que dijo mi profesora de yoga:
la fe y el miedo nacen del mismo lugar,
el futuro.
Ninguno tiene pruebas.
Ninguno ofrece garantías.
Los dos son relatos
sobre cosas que todavía no han ocurrido.
El miedo ensaya tragedias.
Invierte energía en escenarios que nadie pidió.
Entrena al cuerpo a sufrir por adelantado,
como si el dolor mereciera cobrarse antes de existir.
Ser delirante desde el miedo cansa,
porque te obliga a cargar peso durante kilómetros
sin saber si el camino realmente se empina.
La fe, en cambio, es otro tipo de salto.
No niega el esfuerzo, ni la disciplina, ni la duda.
Simplemente elige creer que moverse importa.
Que la constancia deja huella.
Que presentarte una y otra vez cambia algo,
aunque el cuándo siga siendo incierto.
Si tanto la fe como el miedo son suposiciones,
¿por qué no ser valiente con la fe?
¿Por qué no asumir que las cosas pueden alinearse,
que tu trabajo no cae en el vacío,
que las metas reconocen el esfuerzo
como la tierra reconoce el agua?
La fe dice: no estás desarmada.
Llevas herramientas que has ido afilando en silencio.
Has entrenado paciencia, resiliencia, conciencia.
Has sobrevivido a cosas que antes parecían imposibles.
Así que cuando lleguen los momentos difíciles,
no si llegan, sino cuando,
los enfrentarás de pie, no a la defensiva.
El miedo imagina futuros donde eres más pequeña.
La fe imagina futuros donde estás preparada.
Y estar preparada no es controlar.
Es confiar en tu capacidad de responder.
Confiar en que te estás convirtiendo en alguien
capaz de sostener tanto la alegría como la dificultad
sin romperse.
Así que si la delusión es inevitable,
que sea generosa.
Que crea que la vida se encuentra con el esfuerzo a mitad de camino,
que tú eres suficiente para lo que viene,
y que pase lo que pase,
sabrás cómo afrontarlo
porque llevas tiempo entrenando para ello.