Soy consciente de lo mucho que el dolor me hace escribir. Es como si, en vez de sangre, me brotaran palabras.
Sin embargo, hoy vengo a hablar desde el amor más absoluto que le tengo al hecho de estar viva. Será que he dormido bien, será que tengo la certeza de que es un buen año, será que miro atrás y veo cómo, aunque las situaciones no han cambiado tanto, la fortaleza de mi espíritu ha mejorado.
Me levanto y le vuelvo a dar los buenos días al sol, grito “Buenos días, alegría”, y me hace acordarme de Ana, un alma pura que es creadora de espacios y con la que el tiempo que hemos pasado estos años en la distancia me recuerda lecciones pasadas: aquello de que la distancia no existe. Gracias a la tecnología, que nos hace poder comunicarnos y vernos tanto las lágrimas como las sonrisas un día cualquiera de enero. Gracias a haber hecho el esfuerzo este año anterior de haber estirado mi corazón para perdonar, incluso a veces con el coste de que se rajase en el proceso, para que hoy pueda decir que no es un ejercicio que quiera implementar constantemente, porque las despedidas repentinas se merecen la consecuencia directa de seguir avanzando sin quienes no les cuesta decirme adiós.
El corazón está para los que se quedan, los “¿cómo estás, Lola?” cuando el frío aprieta y los abrazos que calientan, pero que nunca sobran. Los ojos deben estar abiertos para seguir definiendo el camino que recorremos, no para llorar el pasado y permanecer en él, ciegos. Las piernas cansadas son la oportunidad de crecer. El dolor de vientre es una alerta que te dice: “por ahí no”.
Por eso es que hoy hablo desde la alegría de quien sabe que un instante conmigo misma es más valioso que las lágrimas derramadas en el pasado.
Buenos días, alegría.
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