miércoles, 7 de enero de 2026

La delusión entre la fe y el miedo

 Hoy recordé algo que dijo mi profesora de yoga:

la fe y el miedo nacen del mismo lugar,
el futuro.
Ninguno tiene pruebas.
Ninguno ofrece garantías.
Los dos son relatos
sobre cosas que todavía no han ocurrido.

El miedo ensaya tragedias.
Invierte energía en escenarios que nadie pidió.
Entrena al cuerpo a sufrir por adelantado,
como si el dolor mereciera cobrarse antes de existir.
Ser delirante desde el miedo cansa,
porque te obliga a cargar peso durante kilómetros
sin saber si el camino realmente se empina.

La fe, en cambio, es otro tipo de salto.
No niega el esfuerzo, ni la disciplina, ni la duda.
Simplemente elige creer que moverse importa.
Que la constancia deja huella.
Que presentarte una y otra vez cambia algo,
aunque el cuándo siga siendo incierto.

Si tanto la fe como el miedo son suposiciones,
¿por qué no ser valiente con la fe?
¿Por qué no asumir que las cosas pueden alinearse,
que tu trabajo no cae en el vacío,
que las metas reconocen el esfuerzo
como la tierra reconoce el agua?

La fe dice: no estás desarmada.
Llevas herramientas que has ido afilando en silencio.
Has entrenado paciencia, resiliencia, conciencia.
Has sobrevivido a cosas que antes parecían imposibles.
Así que cuando lleguen los momentos difíciles,
no si llegan, sino cuando,
los enfrentarás de pie, no a la defensiva.

El miedo imagina futuros donde eres más pequeña.
La fe imagina futuros donde estás preparada.

Y estar preparada no es controlar.
Es confiar en tu capacidad de responder.
Confiar en que te estás convirtiendo en alguien
capaz de sostener tanto la alegría como la dificultad
sin romperse.

Así que si la delusión es inevitable,
que sea generosa.
Que crea que la vida se encuentra con el esfuerzo a mitad de camino,
que tú eres suficiente para lo que viene,
y que pase lo que pase,
sabrás cómo afrontarlo
porque llevas tiempo entrenando para ello.


Faith vs Fear delusion

I remembered something my yoga teacher said today:
faith and fear are built on the same foundation,
the future.
Neither has proof.
Neither has guarantees.
Both are stories we tell ourselves
about what has not happened yet.

Fear rehearses catastrophes.
It spends energy on scenes that never asked to be written.
It trains the nervous system to suffer in advance,
as if pain deserved interest before it even exists.
Being delusional about fear is exhausting,
because it asks you to carry weight for miles
without knowing if the road will ever rise.

Faith, on the other hand, is a different kind of leap.
It doesn’t deny effort, discipline, or uncertainty.
It simply chooses to believe that movement matters.
That consistency leaves traces.
That showing up changes the outcome,
even when the timeline is unclear.

If both faith and fear are guesses,
why not be daring with faith?
Why not assume that things can align,
that your work is not wasted,
that goals recognize effort the way soil recognizes water.

Faith says: you are not empty-handed.
You carry tools you’ve been sharpening quietly.
You’ve trained patience, resilience, awareness.
You’ve survived things you once thought you couldn’t.
So when challenges arrive,
not if, but when,
you will meet them standing, not scrambling.

Fear imagines futures where you are smaller.
Faith imagines futures where you are ready.

And readiness doesn’t mean control.
It means trust in your capacity to respond.
Trust that you are becoming someone
who can hold both joy and difficulty without breaking.

So if delusion is inevitable,
let it be generous.
Let it believe that life meets effort halfway,
that you are enough for what’s coming,
and that whatever unfolds,
you will know how to face it
because you have been training all along.

martes, 6 de enero de 2026

Buenos días, alegría

Soy consciente de lo mucho que el dolor me hace escribir. Es como si, en vez de sangre, me brotaran palabras.

Sin embargo, hoy vengo a hablar desde el amor más absoluto que le tengo al hecho de estar viva. Será que he dormido bien, será que tengo la certeza de que es un buen año, será que miro atrás y veo cómo, aunque las situaciones no han cambiado tanto, la fortaleza de mi espíritu ha mejorado.

Me levanto y le vuelvo a dar los buenos días al sol, grito “Buenos días, alegría”, y me hace acordarme de Ana, un alma pura que es creadora de espacios y con la que el tiempo que hemos pasado estos años en la distancia me recuerda lecciones pasadas: aquello de que la distancia no existe. Gracias a la tecnología, que nos hace poder comunicarnos y vernos tanto las lágrimas como las sonrisas un día cualquiera de enero. Gracias a haber hecho el esfuerzo este año anterior de haber estirado mi corazón para perdonar, incluso a veces con el coste de que se rajase en el proceso, para que hoy pueda decir que no es un ejercicio que quiera implementar constantemente, porque las despedidas repentinas se merecen la consecuencia directa de seguir avanzando sin quienes no les cuesta decirme adiós.

El corazón está para los que se quedan, los “¿cómo estás, Lola?” cuando el frío aprieta y los abrazos que calientan, pero que nunca sobran. Los ojos deben estar abiertos para seguir definiendo el camino que recorremos, no para llorar el pasado y permanecer en él, ciegos. Las piernas cansadas son la oportunidad de crecer. El dolor de vientre es una alerta que te dice: “por ahí no”.

Por eso es que hoy hablo desde la alegría de quien sabe que un instante conmigo misma es más valioso que las lágrimas derramadas en el pasado.

Buenos días, alegría.