martes, 29 de abril de 2014

Así, pensando un poco en todo

Qué ganas tengo. La verdad es que lo he tenido tan claro siempre, que hasta me asusta pensar el poco apego que le tengo a mi pueblo, familia o amigos; aunque yo sé que realmente no se trata de poco apego, pues los quiero a todos infinitamente y si hay algo que me siento es san vicentera. Lo que realmente me pasa es sencillo: siempre he sido ese potrillo alado difícil de domar, abogada del diablo, defensora de las causas perdidas, etérea y soñadora. Creer en la magia del mundo, que es posible cambiarlo y que estamos aquí para ser felices son factores que también han influido para que no me sienta en casa de nadie y a la vez pueda hacer de casi cualquier sitio mi hogar.

Y eso es así, no tardo en acostumbrarme a los sitios, ni a los cambios, ni siquiera a las personas. Recuerdo una noche de hace dos años en la que me bajé del coche pensando en qué suerte tenía mi hermana mayor por hacer selectividad, tener 18 y desaparecer, pudiendo encontrar nuevas gentes y comerse el mundo. Ahora soy yo quien está en esa situación pero no me siento tan fuerte ni valiente, es más bien como estar a punto de saltar a un precipicio en el que abajo hay colocado un buen colchón que evita el fuerte impacto, pero que no quita el miedo. Es ese miedo, esa sensación de caer, de sentirte pluma y plomo a la vez la que voy a tener que vivir sí o sí. Y me muero de ganas como ya he dicho, aunque no me vaya a sacar el carné de conducir nada más ser mayor de edad ni salga a estudiar fuera de España, las posibilidades que se me ofrecen son enormes; y pienso subirme a todos los trenes que sea y aprovecharlo. ¿Va a ser duro? No lo dudo. ¿Voy a tener ganas de abandonar? Ya lo creo. ¿Voy a llorar? Como la que más. Pero también sé que si no lo hago, si no salto, me quedaré anclada y me preguntaré constantemente cómo fui tan cobarde de permitir que algo así se me fuera de las manos.


Qué asombroso me parece que haya personas que, teniendo la oportunidad de marcharse, decidan quedarse por el novio/a, los amigos, porque no se ven capaces de vivir solos…¿en qué piensan? Hay gente que sacrificaría muchísimo por lo mismo que ellos rechazan sin reparo ni vergüenza a decir que “vivir en casa es muy cómodo”. ¿CÓMODO? Dios, claro que es más cómodo, pero creo que es este año el punto de inflexión en el que hemos de arriesgarnos y suplantar comodidad por sacrificio y pasividad por valentía. Al fin y al cabo, se trata de echarle un par, sonreír y superar.

martes, 22 de abril de 2014

Diario de un corazón enamorado

Porque mientras mi último latido esté presente en este mundo, estaré luchando junto a ti, y cuando mis fuerzas emigren hasta otro universo, la mitad de tu persona estará conmigo. Porque eres tan grande que abarcas hasta el último pedazo de mi alma. Es posible, que si hiciese un esfuerzo similar al de arrancarme la piel, pudiera llegar a olvidarte algún día. Mil losas caerían sobre mi si eso llegase a ocurrir y, sería entonces y solo entonces, cuando dejaría de sentir aprecio por mi vida mortal; pues el único objetivo que
persigo es el de hacerte feliz.  




Probablemente, antes de que ese fatídico momento tuviese cabida, encendería hogueras en los desiertos más helados, llevaría el atlántico hasta las dunas doradas y haría más brillantes todas las estrellas del firmamento, para demostrarte que todo lo que me mueve es la ilusión de rodearte con los brazos y de no soltarte jamás.



Quizá sea un estúpido por amarte tanto y que esto de que duela tan solo pensarte es una especie de veneno que noto me consume por dentro cuando no estás. Tengo pensado, con total seguridad, que los candados más fuertes no servirían para encerrar los sentimientos en mi corazón, pues tú lo llenas. Tu magia lo ilumina. Tu cuerpo lo desboca. Tu risa lo hace latir. Tu mirada lo hace arder. Tu pensamiento lo hace inmortal. Tu forma de caminar lo enardece. Tu locura lo hace más grande.



Y no, ni el viento más enfurecido, ni el miedo más fuerte, ni la tristeza más abrumadora, ni siquiera las dudas más perturbadoras te conseguirán apartar. Porque sí amor, mientras mi último latido esté presente en este mundo, estaré luchando junto a ti.

domingo, 20 de abril de 2014

Esto no es un relato.

Supongo que será normal, esta sensación de no saber qué te espera, si estás haciendo lo correcto, de pensar que muchos ámbitos de tu vida se desmoronan, como un castillo de arena frente al viento. Esto de tener las cosas a medio atar y estar a merced de unos sentimientos que no controlamos. ¿Soledad? ¿Amor? ¿Celos? ¿Envidia? ¿Angustia? Tal vez...¿indignación? Toda una receta que nos lleva a saborear un postre de lo menos agradable y a descubrir que todavía se puede estar más hundido. Siempre se puede estar más hundido. Siempre puedes sentirte más solo y vacío por dentro. Siempre puedes experimentar más dolor; hasta que llegue un punto en que nada duela. La anestesia de los fuertes.

Espera. Respira un par de veces. Mira para arriba. Eh, tal vez no estés tan mal. Vuelve a hacerlo, toma aire. Ahora, comienza a creértelo: soy grande. No, no es tan fácil en absoluto. Se necesitan ánimos, apoyo, autocontrol...etc. Puedo pensar en algo eficaz como hacer una lista de sueños y de objetivos. También escribe todo lo que te duela (pero escríbelo siendo sincero, si te autoengañas, en fin, estás perdiendo a tu único aliado real, que eres tú mismo) y vete a un sitio a gritar hasta que la garganta te arda tanto como todas esas cosas que te queman por dentro. 


En efecto, esto no es un relato. Quiero intentar que os deis cuenta de que llegamos tan alto como queremos nos esforzamos. Puedes brillar, de muchas formas, y escoger la que más te guste. Para eso no hace falta más que preparación, rendimiento, trabajo, sacrificio, una pequeña pizca de talento y, sobretodo, ganas. Todas ellas palabras clave para lograr ser la persona que quieres ser. No me malinterpretéis por favor, podríais ser dibujantes de sonrisas en Nueva Zelanda y esto también lo tendríais que aplicar; no solo hay que ser bueno si eres abogado, médico o ingeniero, no. Tanto si te dedicas a una cosa u otra en la vida, tienes que ser el mejor. ¿Por qué? Pues creo que porque para mí es importante saber que lo que hago lo hago con todo el empeño del que dispongo y que, si no me esfuerzo al 100% (independientemente del resultado final) no estoy contenta. ¿Es este un posible motivo de infelicidad o frustración? Probablemente, pero ya lo analizaré en otra ocasión.


Si ha quedado clara la primera idea (DÉJATE LA PIEL EN LO QUE QUIERAS) es hora de introducir la segunda...¿estás atento? Vale: LO QUE HAGAS, QUE SEA EN VIRTUD DE LA FELICIDAD. "La felicidad", aquello tan hedonista que nos han inculcado que hay que buscar. ¿Cómo puedes buscarla? Por favor, si alguien lo sabe que me ilustre. No se encuentra "la felicidad", no es un jersey. Es más bien como pintar un cuadro. Poco a poco se crea, en una mezcla más o menos perfecta de pinceladas que, al final y solo en su conjunto, acaban siendo una experiencia visual de lo más satisfactoria. Así es la felicidad, un aglomerado de experiencias que solo compartidas con quien de verdad quieras podrán llevarte a un estado de bienestar mucho más placentero que cualquier cosa. 


¿Acaso no vivimos para ser felices? En absoluto. Mirad a vuestro al rededor y veréis claros símbolos de infelicidad por doquier. Por supuesto están todas estas cosas que te alegran el día, pero "felicidad"...amigos, ahí entra la que os he dicho que es mi segunda idea: LO QUE HAGAS, QUE SEA EN VIRTUD DE LA FELICIDAD (tanto propia como ajena).


Finalmente quiero despedirme de esas sensaciones de las que hablaba al principio, al menos por un tiempo. Ya no me siento así, disfruto atando los cabos de mi vida y aunque de vez en cuando alguna cuerda se desate, ya no supone un desequilibrio. Sé que volverán y en menos de lo que mis expectativas lo desean, pero mientras, a disfrutar de este bello cuadro que estoy intentando pintar.

lunes, 7 de abril de 2014

Los mejores comienzos pueden surgir de los peores finales

¿Por qué negarnos a aceptar que todo tiene un principio y un final? Ni los comienzos son mejores que los finales ni estos últimos tienen siempre un carácter más trágico. Eso se lo damos nosotros cuando nos engañamos pensando que será eterno y, cuando nos aceramos al precipicio y toca decir adiós, todo se nos hace cuesta arriba. Parece que hasta hayas dejado de ser tú mismo, que tu existencia no tiene sentido, que todo lo vivido hasta entonces fue una ilusión y que tú, producto de tu propio engaño y cegado por la venda de la falsa eternidad, te has inducido en una pesadilla de la que no podrás salir.

¿Por qué hacemos eso? Incluso cuando hemos aprendido la lección volvemos a creer que el camino es llano y sin fin. Pues bien, el horizonte también es alcanzable. Todo lo que tengas no significará nada si no sabes emplearlo correctamente, lo mejor no te servirá si no lo usas empleando todo tu potencial y lo peor que tengas será lo que te obstaculice como no lo controles. Es tan fácil como poner toda tu fuerza en algo pero sin olvidar nunca que hay que saber incorporar los cambios, incluso cuando estos implican poner los pies en el cielo y darnos con la cabeza en el suelo.

No tengas miedo a saltar, probablemente te des un golpe al caer, pero seguro que aprenderás. Cada parte de si se hará más grande y las soluciones las irás encontrando en relación a lo que te esfuerces. Y si te equivocas siempre puedes elegir otro camino. De todas formas, la Tierra seguirá girando y la gravedad actuará sobre ti de la misma manera que los demás, lo alto que llegues solo depende de ti.

jueves, 3 de abril de 2014

HUGO CAAMAÑO, CAP. 3: Cada uno decide en qué infierno quemarse

No había pegado ojo en toda la noche. La idea le rondaba la cabeza y le impedía entrar en fase onírica. ¿Qué pasaría si no conseguía ese trabajo? ¿Tanta dependencia le había creado el solo pensamiento de volver a pasar consulta? La verdad es que era un buen remedio contra las horas vacías… Sin embargo, la pregunta que más le atormentó fue de dónde había salido semejante ángel de fuego. Tuvo un sueño y se despertó con la sensación de que le dolía, contemplarla le dolía. Le abstraía; observarla le abstraía.

Como si de un episodio sangriento se tratase, su melena pelirroja le caía en la espalda, como un río de lava interminable en el que perderse. Más abajo, sus mejillas sonrojadas inspiraban ternura y compasión. Sus labios; le volvían locos sus labios. Cuando pensaba en ella aparecían, sensuales, diciendo algo que no alcanzaba a comprender. Casi hipnóticos; que te hacían perder la cabeza y que tu único objetivo en esta vida mortal, fuera besarlos.

A pesar de toda la locura que en él desataban aquellas dos golosinas que custodiaban su boca, lo que más le gustaba eran, indudablemente, sus ojos. Como dos entradas al cielo, como las puertas traseras al paraíso; un lugar en el que deambular cual errante en los pensamientos más oscuros. El color verde intenso recordaba a las selvas amazónicas. Hasta que no te fijases bien, no podrías entender el fuerte pigmento verduzco que desprendían, como la luz al pasar a través de las esmeraldas más puras.

El sueño que tuvo solo magnificaba aún más a ese ángel desalado de tez perfecta que se había cruzado en su camino. Hugo se encontraba sumido en el fondo de un lago frío y oscuro, en el que sonaba la canción de su película favorita con matices de ahogo. Cada vez, la escena se ralentizaba más y se volvía pausada, sintiendo que la muerte se abalanzaba sobre él. Y de repente, llegaba ella. Llevaba un largo vestido blanco de gasa, que ondeaba al mismo compás que su melena incandescente. Brillaba, por sí sola, y mucho más con el reflejo de la luna. Le lanzaba un beso, uno de esos que se queda flotando en el ambiente. Y entonces, todo se tornaba seco, más rápido, sonaba la música al ritmo adecuado, la sensación de ahogo desaparecía y la oscuridad se trasformó en luz, una luz destellante que lo despertó, con los primeros rayos de sol que la mañana le ofrecía a Hugo.

Se vistió elegante, como siempre, y se dispuso a ir al ayuntamiento. Cordialidad ante todo. El edificio no era gran cosa, pero tampoco se esperaba más de un pueblo de aquellas dimensiones. La secretaria le envió a la puerta de un despacho, el de Vicente Acevedo. Este le recibió con un gesto amable, confiado, casi familiar. La situación fue comentada: que era nuevo, que no conocía el pueblo ni a sus gentes, que los forasteros no eran bien acogidos… y que era su vecino. De todas formas, si algo había aprendido Hugo con el tiempo, era a hablar; su abuelo le decía “hablas como tu madre y escribes como tu padre”, al parecer, lo único bueno que había heredado de ellos. El trabajo era suyo. Pasaría consulta en su casa, él se conseguiría el material necesario por el momento y el salario no cubriría sus necesidades primarias. A pesar de todo esto, se sintió afortunado de volver a ejercer.

Ya era media mañana y Hugo tenía hambre pero había muchas cosas que preparar, entre ellas, habilitar una consulta. Así que fue a casa y sin perder un ápice de su tiempo, comenzó una pequeña mudanza interna.

Satisfecho con el resultado, decidió que esa noche saldría a tomarse una cerveza, era sábado. Él no era muy dado a eso, pero el sentimiento de revoloteo que sentía en su estómago al pensar en Lucía fue lo que le impulsó a salir, para ver si la casualidad hacía mella en el destino y este intercedía, volviéndolos a cruzar.

Se puso un par de gotas de perfume; uno que lo envolvía de intenso magnetismo masculino. No sabía con qué panorama se iba a encontrar, pero no le importaba. La tarde fue más fría de lo esperado, y eso no invitaba a poner un pie en la calle. Hugo, decidido, fue al centro del pueblo. Gratamente sorprendido, se encontró un espectáculo muy distinto al del primer día que llegó: muchos jóvenes bailaban en la plaza, bordeada con farolillos de colores y con la banda tocando alegres baladas. Todos reían, ajenos a su presencia. Las muchachas iban con las  únicas faldas de su armario, orgullosas de que el vuelo de la prenda las acompañara en cada giro.

Se hizo algo de silencio cuando se reparó en la silueta del doctor. Era tan diferente a los demás, que desprendía esa magia incapaz de ser trasmitida por los otros varones. A más de una se le escapó una risilla nerviosa, y todos esos ojos lujuriosos que le miraban, le sentaron bien. Estaba cambiado, más galante y despreocupado. Deseoso de verla, deambuló por las distintas casetas de comida recién hecha que ofrecían calor a los asistentes al baile. No se equivocó, ahí estaba Lucía radiante, con un vestido verde que hacía juego con sus ojos. La cinta que le recogía el pelo, la hacía más hermosa, dejando ver con totalidad las pecas que le cubrían la piel. Sin embargo, le flojearon las piernas al verla con otro, dándole vueltas cual delicada muñeca de porcelana, de estas que hacen que te quedes embelesado mirando la caja de música que gobiernan. La verdad es que no había barajado esa posibilidad…pero al fin y al cabo era muy joven y bella, lo más normal era que medio pueblo se derritiese a sus pies.

En un arrebato de pasión, tan impropio de él, fue a la barra de bebida del Parrulo Coxo y se tomó del tirón un par de vasos de algo que desconocía, pero que le quemó la garganta y le penetró hondo. No debería seguir, él sabía cómo de malo era eso. Pero daba igual. La vista comenzó a nublarse y la ley de la gravedad parecía cambiar el universo de lugar. Pero daba igual.
Se le acercó una chica con bastante gracia al moverse. Parecía que quisiera sacarlo a bailar. Sólo recuerda una bonita sonrisa y las miles de vueltas que le hizo dar. No presentaba ningún tipo de interés en ella. En aquel aturdido mundo patas arriba, vio la cara de desaprobación de su ángel. Intentó decirle cualquier cosa, pero si de algo era consciente, era del ridículo que estaba haciendo. Supo más tarde que ese chico con el que bailaba Lucía era el hijo de la panadera Juani, y estaba prometido con la hija menor de Rodolfo, el veterinario. Allí parecía que cada uno tenía asignado una persona con la que cumplir, un papel que representar, les gustase o no. Todos menos Lucía, que era ese espíritu libre, esa hoja que danza con el viento y que no pertenece a nadie. Intentó ir detrás de ella, pero no estaba en condiciones y tampoco habría sabido qué decirle.
Con dificultad encontró su casa. Metió la llave en la cerradura torpemente y se subió a la cama. Perjuró que jamás volvería a hacer algo así. Esa noche, volvió a tener la misma pesadilla, pero esta vez ella no estaba para salvarlo de la asfixia, y moría ahogado en la más profunda oscuridad.

Se despertó, de nuevo con un destello en la cara. El sonido de uno de los gallos que cacareaba en la lejanía le martilleó la cabeza. Ya no tenía edad para estas cosas, se repitió así mismo una y otra vez. El café oscuro le espabiló un poco y justo antes de comenzar a tocar la primera nota con su violín, llamaron a la puerta. Los golpes fuertes le molestaban, y mucho más si lo interrumpían antes de hacer algo tan importante como era acariciar su preciado instrumento.

Una señora de aspecto campestre y su hija le esperaban en el portal. Se veía el ansia y la curiosidad en sus ojos y, aquello de que venían para que le mirase a la joven unos eccemas en las manos, no era más que una excusa para cotillear e intentar colocársela. Al parecer había corrido la voz de que era el nuevo doctor del pueblo y del espectáculo que dio la pasada noche, en lo que pudo considerarse su tarjeta de presentación. Por eso, estaba seguro de que a lo largo del día, recibiría más visitas de intranquilas madres por el futuro de sus hijas.

Se notaba que la “niña” sabía que esa irritación era producto de la alergia, aunque su madre insistía en una atención exhaustiva a toda su superficie corporal. Hugo, decidió inteligentemente, sacar a la progenitora de la habitación y hablar con la paciente. En menos de cinco minutos, ambas habían salido de allí con un antihistamínico.

Pasaron unas cuantas horas y ya era de noche cuando volvieron a llamar. Era Lucía. Hugo se avergonzó de no haberse afeitado, pero la muchacha parecía alarmada y no reparó en su aspecto. Una mujer se había puesto de parto cerca de allí. Tomaron camino sin hablar de lo sucedido la noche anterior y llegaron apresurados a la casa. Ya estaba dilatada y la sangre brotaba de manera incontrolada. Marta sudaba y gritaba como si de una tortura se tratase. Tras un laborioso trabajo, Hugo ayudó a que Martín, el pequeño integrante de esa familia, saliera adelante y le otorgó con el mayor regalo del mundo: la vida.

Hugo y Lucía salieron de allí cansados a la vez que maravillados. No hablaron, ni tan solo se miraron. Sin embargo, pasó algo extraño. Ella se paró en seco en medio del prado. Estaba oscuro, pero las estrellas contrarrestaban la opacidad de la noche. Comenzó a bailar, alzando los brazos y las piernas. No hacía falta música porque parecía un auténtico espíritu sacado del infierno más hermoso, capaz de atrapar a cualquiera entre sus movimientos. Se le acercó, despacio, sin brusquedades, solo mirándole. Hugo, que se sentía tan intimidado, parecía sufrir una arritmia. Lucía, cuyo nombre describía esos fuegos artificiales que salían de su alma cada vez que respiraba, le rodeó con los brazos y le besó. Era un beso silencioso, atrevido y tímido, lujurioso y calmado, cargado de amor y de deseo. Era simplemente increíble. Se despegaron sus labios y Hugo le preguntó cómo era posible que sucediera eso después de su comportamiento. Ella le explicó que no era como los demás, que tenía un corazón noble, como los leones. Que era fuerte, protector, inteligente, diferente, prohibido. Y que cada uno, decide en qué infierno quemarse.

Siguieron besándose de camino a casa del doctor, y una vez allí, desataron una guerra en su cama, una guerra en la que los dos ganaron orgasmos profundos y sudores de amor.

lunes, 31 de marzo de 2014

HUGO CAAMAÑO, CAP. 2: Las peores lágrimas son las que no se lloran

Odiaba los mapas. Aquella expresión malévola que quería simular orden y que siempre acababa mal doblado y sin serle de demasiada utilidad. Efectivamente, corroborando su opinión sobre éstos, acabó abandonando ese ilegible trozo de papel en un banco y se dispuso a hacer camino. Buscaría su nueva casa a partir de las indicaciones que le habían dado unas semanas antes: “tienes que coger camino desde la estación hasta Sendera Pines. De ahí tendrás que seguir hasta que pases el puente y luego subir la cuesta de la izquierda. Te llevará a la iglesia y al centro de Fornelos. Pasarás por detrás de ella, en la Rúa do Perdón, y antes de llegar a la panadería de la señora Juani, tuerces a la izquierda. Todo  comienza a hacerse más verde, pero mientras veas castaños tú sigue recto. Verás dos fincas grandes, la de Andrés Acevedo es la más cercana y la otra está abandonada. Tu casa está entre las dos”.
Hugo hizo un acto de fe bastante grande al confiar en la palabra de aquel señor que tenía un fuerte acento gallego y que era a la vez carnicero y propietario de la única inmobiliaria del pueblo.

Tomó la Sendera Pines. Se respiraba un aire distinto al de su ciudad, mucho más limpio y puro. Sus pasos eran largos, decididos y denotaban la seguridad propia de las personas tozudas como él. Comenzó a oír el sonido del agua caer sobre las piedras, abalanzándose en una estrepitosa carrera por avanzar terreno abajo. Observó el puente y no le cabía la menor duda de que, si permanecía allí durante al menos cinco años, vería ese viejo paso de madera caer. Lo cruzó a pesar de la fobia a las alturas que padecía desde pequeño; él siempre creía que los pies en la tierra era la mejor forma de evitarse muchos problemas. El suelo ya no era de polvos ocres, sino de un empedrado muy bonito a la vez que peligroso en días lluviosos. Subió la cuesta de la izquierda. Su brazo, quejumbroso, ya hacía tiempo que temblaba por la contracción repetida. Su equipaje no era demasiado pesado, pero ya llevaba un par de kilómetros y no se había cruzado aún con ningún ser vivo con capacidad móvil.

Reparó en que no había comido nada desde hacía horas. Miró el reloj. Las agujas marcaban las tres de la tarde y su estómago rugía. Una vez llegado a la plaza de la iglesia se sentó en un bar “O parrulo Coxo” (más tarde sabría que la traducción era “El pato cojo”, aunque tampoco le fue muy difícil deducirlo pues, el camarero y jefe, era un señor con una gran panza y problemas de cadera). Él era el único comensal. La oferta culinaria no era gran cosa, ni la higiene parecía la primera prioridad de aquel lugar; pero Hugo tuvo que romper una lanza a favor del Parrulo Coxo: se había tomado el mejor bocadillo de jamón y queso curado de toda su vida. Mientras disfrutaba de ese manjar que le supo a gloria, observaba el estilo de la iglesia, magníficamente esculpida, con adornos angelicales y símbolos tallados en la piedra, tal vez de origen masónico. De la fuente no brotaba agua, pero parecía un buen sitio en el que reunirse con alguien y disfrutar del sol de invierno. Un café amargo para retomar fuerzas y el doctor continuó su camino.

La Rúa do Perdón lo condujo hasta la panadería de la tal señora Juani. Se desprendía ya desde el principio de la calle el olor a pan tostado, a bollo horneado, a azúcar glass y a miel. No dudó en entrar. Juani se sorprendió al ver a una persona desconocida en su tienda. Era una mujer que no había salido de la comarca, criada en aquel trocito de mundo que remansaba paz, trabajadora del horno de su padre desde pequeña, que había heredado y llevado adelante con mucho esfuerzo y horas.
El aspecto varonil de Hugo, su barba algo canosa, su metro noventa, su buena planta y el traje que llevaba debieron ruborizar a Juani, que se sacudió la harina en el delantal, se colocó el cabello tras las orejas y puso una sonrisa que ocupaba toda su cara.
-¿Qué desea? Tenemos filloas de leite, bandullo, larpeira de crema y cabello de angel…todo de hoy.

Al ver la cara de incomprensión del desconocido cliente, supo que no era de Galicia ni entendia su idioma. “Un forastero” pensó y se le iluminó la mirada de forma algo maquiavélica. Hugo preguntó sobre todos y cada uno de los suculentos prostres para saber los ingredientes que llevaban. No era un hombre muy dado a lo dulce, así que finalmente decidió comprar unos preñaos de chorizo que, aunque ya los había tomado en Valladolid, acertó en su pensamiento de que esos estarían mucho mejor.
Salió de la tienda y torció a la izquierda. La ola de frío que sintió le penetró hondo y no se recuperó hasta horas después. Los castaños que rodeaban todo el camino eran inmensos. Se levantaban impresionantes, enormes, con formas que solo se adquirían tras centenarios de vida. Eran como gigantes sabios que tenían una historia que contar.

A lo lejos disipó por fin una finca. Cuando llegó a la verja, leyó un letrero de forja oxidado en el que ponía “Acevedo”. Ya estaba cerca. Continuó bajo las nubes grises y el viento helado hasta que por fin diferenció la figura de un hombre frente a lo que parecía su casa. Éste le saludó y se dirigió sin miramientos hacia él. Parecía malhumorado y con prisa. Con una mueca de agonía y frases que salían disparadas de su boca explicando lo tarde que era y todo lo que tenía que hacer, le dio las llaves a Hugo y se marchó. El nuevo huésped, casi sin tiempo de mirar cómo desaparecía el carnicero, se quedó mirando el exterior de la casa. Las paredes eran de piedras grises y el tejado rojo, al estilo de todas las casas que había visto por el pueblo. La puerta tenía una pequeña cristalera decorada con hierro en forma de hojas. Los marcos de las ventanas eran de madera oscura. Todo parecía fuerte y recio para soportar las bajas temperaturas. Entró y se le sobrecogió el corazón: la casa estaba vacía a excepción de sus antiguos muebles, que parecían esperarlo ocultos bajo sábanas blancas.

Limpió, colocó sus pertenencias, arregló las tuberías, hizo una lista de cosas que comprar y que apañar. Estuvo tres días trabajando sin descanso y bajando al pueblo sólo para comprar los materiales que necesitaba y lo justo para comer día a día. Lo primordial para él era sentirse a gusto y eso solo lo conseguía si hacía de su casa su templo.      
Ya hacía una semana desde el primer día que puso un pie allí. No era una mala vida, pero sí demasiado tediosa como para mantenerla a diario. Había hecho alguna ruta por los alrededores y clasificado la mayoría de las razas vegetales endémicas de la zona. También había hecho, meticulosamente, un despacho en el que descansar, leer y tocar el violín.

Bajó a hacer una compra algo más contundente para sobrevivir unos cuantos días sin tener que desplazarse tanto al pueblo. Las pocas veces que había ido no se cruzó con nadie, aunque reparó perfectamente en las expectantes miradas de aquellos, y más aquellas, que lo veían pasar. Esos murmullos y cotilleos molestos que a Hugo le parecían de lo más descortés.
Se disponía a volver a casa con varias bolsas cuando escuchó un grito ahogado, de esos que avecinan algún tipo de desgracia. Las dejó rápidamente en el suelo y corrió en dirección a la fuente del sonido. La vio de espaldas, tirada en el suelo. Algo extraño le sucedió al doctor que, sin saber cómo, se quedó paralizado detrás de aquella mujer. No supo cuánto tiempo pasó exactamente antes de que volviera en sí y fuera a socorrerla. Allí estaba, pelirroja, de tez clara, brillante como el oro pulido, ardiente como el fuego más intenso. Su mirada estaba empapada en lágrimas y sus manos rodeaban el tobillo que parecía hincharse por momentos. Hugo se presentó como doctor y examinó el pie de la joven sin preguntar sobre si podía o no hacerlo, como quien tiene el poder para acceder a todo lo que desee. Detectó una torcedura con probabilidad de rotura y en la muñeca derecha una fisura de tallo verde. La rodeó con los brazos y se la llevó a casa. Durante el camino, que pareció hacerse más corto que nunca, sólo salió un nombre de sus labios: Lucía. Estas cinco letras quedaron flotando en la mente de Hugo, que había sido incapaz hasta el momento de pensar qué nombre describía semejante belleza. Pero, como no podía haber sido de otra forma, era un nombre que encajaba perfectamente con aquella ninfa pelirroja.

Entraron a la casa, con cuidado de no rozar ningún objeto con las partes dañadas. Había resbalado con unas piedras y por la propia inclinación de la calle el golpe fue peor de lo esperado. En efecto, el diagnóstico de la muñeca se había cumplido pero, afortunadamente, no tenía el pie roto. Hugo se lo vendó, con extremo cuidado, como quien hace los barcos que se meten en las botellas. Una sonrisa y que fuera prácticamente la persona con la que hablaba en días la rodearon de un magnetismo aún más fuerte. Se tomaron un café. Poco a poco, Lucía, de unos insultantemente jóvenes 24 años, le contó que hacía meses que no tenían médico en el pueblo y que solo podían ir a Rodolfo, el veterinario que cuidaba del ganado de toda la comarca, podía ayudarles en algún tema sanitario.


Vicente Acevedo era su vecino, y también tío de Lucía y alcalde de Fornelos. No fue difícil para la joven convencer a Hugo de que se presentase a la mañana siguiente en el ayuntamiento y pidiese el puesto de médico; de todas formas, era lo que siempre había sido y sería, y aquella era su rutina preferida, salvar vidas. Pronto se hizo de noche y la acompañó hasta la fuente de la iglesia, como buen caballero que era, ayudándola a andar mientras avanzaban torpes campo a través. Se despidieron, y curiosamente a Hugo le dolió en el alma no saber cuándo se volverían a ver. Llegando ya a casa, sacó su maletín con todo el material especializado y puso un despertador para cumplir su objetivo. Ya metido en la cama, sólo podía recordar los rizos que caían como cascadas de lava sobre la espalda de su paciente improvisada, y en la frase que ésta le dijo cuando él le pidió que no llorase por el dolor: “las peores lágrimas son aquellas que no se lloran”.

domingo, 30 de marzo de 2014

HUGO CAAMAÑO, CAP. 1: Un artista que modela el silencio

Hugo Caamaño era un hombre simple, al que le gustaba la monotonía, los folios que forman un exacto ángulo de noventa grados con el borde de la mesa, las mantas bien dobladas en su sitio sin ningún fleco asomando, los botes cuya tapa estaba lo suficientemente apretada como para que no se contaminase su contenido pero no tanto como para que se tardase más de tres segundos en abrirlo. A Hugo le gustaba la rutina, que las hojas cayesen en otoño, ver el vaho de las ventanas desde su sillón de pana verde y tomar café por las mañanas. Pocas ocasiones escuchaba música en la radio que, contra su voluntad, le regalaron el año que cumplió los treinta; y cuando al pasear sus oídos notaban la presencia de notas musicales procedentes del instrumento raído de algún músico callejero, prefería buscar una ruta alternativa que evitara, a toda costa, soportar lo que para él era un lamentable intento de ganarse el pan.
El violín, quizá era lo único que despertaba en él un ápice de asombro, de diversión, de interés y de brillo. En realidad, era mágico escuchar cómo, de frotar unas cuerdas, Hugo podía alcanzar un estado de tranquilidad que lo abstraía totalmente de la realidad. Para él, eso era felicidad: tener controlada la situación, no mantener contacto con otros seres humanos más que el necesario a la hora de ir por el mercado y preguntar por el precio de un producto que, para su molestia, no llevase una etiqueta y, por supuesto, tocar el violín. Nunca había dado ningún concierto, ni siquiera se podían contar con los dedos de más de dos manos las personas que sabían la afición del señor Caamaño. Él, como le decía su abuelo Alfonso Caamaño, no era un músico sino un artista que modela el silencio. “Un artista que modela el silencio…”

Pensaba en la inercia que las estropeadas vías del tren transmitían a los pasajeros que, junto a él, viajaban a una alejada población en A Coruña, situada exactamente a 252 metros sobre el nivel del mar. Fornelos no era gran cosa; con apenas 200 habitantes, aquel pequeño pedazo de tierra intentaba ser rescatado de un olvido que parecía inminente. Tenía lo necesario que Hugo necesitaba para vivir: zona verde, intimidad y, especialmente, silencio.

Las caras de las cinco personas que había estado observando cuidadosamente desde Valladolid parecían serle incluso familiares. Tenía la costumbre de imaginarse las vidas de quienes se cruzaban en su camino: a qué se dedicaban, dónde vivirían, cómo se comportarían en alguna situación, el número de hijos que tendrían… lo que más le gustaba era ponerles nombre. Cuando ni siquiera habían salido de la estación ya había bautizado a tres de ellos: Clara era la chica del vestido azul celeste que, tímidamente, se mordía las uñas, probablemente por el nerviosismo que sentía al pensar en su primer día de clase como profesora. Mauricio sería el joven oportunista trajeado y descarado que no guardaba ningún reparo en mirar las piernas desnudas de Clara. Sofía, la anciana de aspecto familiar que llevaba consigo una caja en donde habría un bizcocho con compota de higos (sin duda, la preferida de Hugo). Le faltaba un niño pequeño que no se despegaba de Sofía (sería su nieto y dudaba entre Antonio o Carlos) y, por último y profundamente más desconcertante, un señor de unos treinta años mayor que él. Su apariencia era de lo más espeluznante: uno de sus ojos resaltaba sobre la piel colgante y estropeada porque estaba recubierto por una tela blanca azulada. En una ocasión le pareció que uno de los dientes era de oro, pero prefirió disimular y concentrarse en un punto para que no intercambiasen miradas. Hugo se sentía incómodo, pero por una razón que no estaba relacionada con el desagradable físico de aquel hombre, sino porque pensó en que las cataratas eran algo fácil de corregir y que, si hubieran sido unas simples cataratas, él mismo habría realizado la cirugía que salvase a su abuelo, pero ya era demasiado tarde.

Tras una experimentada carrera como meticuloso y concienzudo médico -lo cual era irónico puesto que amaba la vida tanto como para dedicarse en cuerpo y alma a combatir la muerte, pero rehusaba cualquier contacto con humanos pues la sola idea del trato le molestaba- su abuelo comenzó a desarrollar una curiosa enfermedad que afectaba, de una forma sorprendentemente dolorosa a un nervio que se ramifica en oftálmico, maxilar y mandibular. Ésta es la neuralgia del trigémino, también conocida como la enfermedad del suicidio. Alfonso, cuya única preocupación había sido cuidar de su nieto y proporcionarle unos estudios, comenzó a padecerla a los setenta y dos años, en 1968, cuando Hugo había empezado la carrera. Los dolores son tan intensos que los pacientes pueden incluso llegar a desmayarse cuando ya no pueden soportarlos. El tratamiento consistía en dosis de derivados de la morfina como calmantes, pero no eran suficientes. Por las noches, cuando Hugo llegaba a casa y el frío le calaba los huesos, no podía imaginarse que el corazón se le pudiese helar al ver al que consideraba su padre rabiar de dolor. “Es como si veinte gatos tratasen de arañarme la cara y quisieran castigarme por algo, pero no te preocupes Hugo, no me voy a rendir”. “NO ME VOY A RENDIR”…esas palabras resonaban en su cabeza cuando el anciano de la estación le devolvió a la realidad diciéndole, con voz rasgada, que el tren daba el último aviso para salir hacia A Coruña. Ya dentro del vagón, se decantó por José como nombre estrella para un hombre tan peculiar, pensó que de esa forma habría algo en su vida que no fuera extravagante.

Se despertó de repente, algo avergonzado porque dormir en público no era propio de él. El viaje estaba haciéndose más tedioso de lo que esperaba. Miró por los cristales sucios y congelados y volvió a él un recuerdo que pensaba estaba enterrado. Era un trágico, un romántico encerrado en su corazón, la lágrima del héroe que nunca cae para no demostrar debilidad, un prisionero de sus emociones y sus miedos, un enamorado de las historias tristes, esas que tienen más magia porque son las que muestran cómo los perdedores salen a flote cueste lo que cueste. Como si fuese un fantasma presente en el salón de la casa de sus padres, se vio a él de pequeño, destapando junto a su abuelo el único regalo que tuvo las navidades de 1955 en las que cumplió seis años. Era un precioso instrumento de madera barnizada que olía a grandiosidad. Al principio no entendía bien para qué era ni el propósito de aquella maravilla, pero no tardó en descubrir que, de esa manera, no escuchaba a sus padres discutir. Los vasos rotos se ocultaban entre las sinfonías de Tchaikovsky, el concerto en Do mayor era su preferido para tapar los portazos cuando su padre encerraba a su madre en el dormitorio. Mientras se gritaban con odio, las dulces notas de Mozart flotaban en sus oídos y la histeria acusadora de su madre se paliaba con un ritmo acelerando que coincidía con el ajetreado ritmo del latir de su corazón. Un par de años más tarde, cuando ni siquiera esa pasión fue capaz de parar los golpes que su padre le asestaba, huyó a casa de su mejor amigo: su abuelo. Sólo llevaba su violín, que se mojó con la lluvia en una tarde oscura de febrero de 1957. Sus lágrimas caían inconfundibles junto con el agua que del cielo le empapaba generosamente. Se secó y se durmió plácidamente antes de escuchar el portazo que Alfonso dio para ir en busca de los objetos personales y tutela de su nieto.

La siguiente escena fue ver entrar a su abuelo entrando en la casa, horas más tarde, calado hasta el alma, llorando y con una maleta que contenía ropa y documentos que Hugo no llegaba a entender. Ese fue el último día que tuvo que ver a sus padres y Alfonso le dio una valiosa lección: “entierra a tus demonios Hugo, mándalos al infierno y pon un candado de felicidad tan fuerte que jamás puedan salir para hacerte daño. Es muy importante, quizá el mejor consejo que pueda llegar a darte nadie.”


El tren se detuvo tras unos esfuerzos que se notaban un par de kilómetros antes de frenar con el molesto chirriar de las ruedas. El señor Caamaño cogió sus pertenencias, que no eran más que una maleta cargada de ropa y su maletín de piel. En el exterior hacía frío, más de lo que se podía haber esperado; era como si el universo le estuviera mandando señales de que no debía seguir su camino. Contra toda fuerza que le evitara llegar a su destino, tenía claro que no se iba a dejar abatir. Era una decisión que le había costado tomar pero que suponía a su vez cortar las cadenas con las que hacía mucho tiempo que estaba atado. Toda la vida en la misma ciudad le estaba asfixiando y, a pesar de que ya tenía su rutina establecida, el doctor Caamaño decidió tomar las riendas de su vida y cambiar de aires, aprender a enfrentarse a lo desconocido y sobretodo, intentaba ser susceptible de vivir una aventura. Un mes antes, a principios de 1987, envió algunos muebles pesados en camión a la casa que había comprado en Fornelos, sin ni siquiera documentarse sobre ese lugar; sabiendo lo necesario como para decir orgulloso que no sabía nada.

lunes, 10 de marzo de 2014

Y vuelvo a caer

La sangre se hiela,
el corazón atenta.
Y tú solo eres un capítulo más...
Los días son tristes e iguales
ya no hay insulsas morales
que me hagan pensar que merece la pena.

Vuelvo a caer. 
Vuelvo a caer en la duda
de que entiendas esta locura,
de saber lo que debo hacer.

No bailaré el último vals,
ni gritaré al viento que muero;
sólo trataré de salvar este infierno.
No fingiré una sonrisa,
no batallaré contra la brisa
que me dejó el recuerdo del invierno.

Y ahora, que daño y desidia vuelven,
que las fuerzas se agotan,
que ni tu esencia sería suficiente,
que las flores ya no brotan.
Y ahora, que lo importante ha cambiado,
que el punto de inflexión ha variado,
que el ojo del huracán se ha atenuado,
soy yo la que dice "puede".

Vuelvo a caer. 
Vuelvo a caer en la duda
de que entiendas esta locura,
de saber lo que debo hacer.

Sigue el camino que desees
y no irrumpas con infinitos porqués
solo olvida el pasado que te pesa,
deja en la mochila tan solo un libro de princesas.
Y finalmente llega la calma,
aquello que me hace venerar la magia,
que hace ver que entre mis prioridades
ha de destacar, por encima de todo, mi alma.

Pero vuelvo a caer. 
Vuelvo a caer en la duda
de que entiendas esta locura,
de saber lo que debo hacer.





jueves, 6 de marzo de 2014

Tú me has hecho más fuerte.

Menos mal que te marchaste, yo no habría sido lo suficientemente fuerte como para echarte de mi vida, de mis días. Ahora, tanto tiempo después, me alegro de que esa puerta se cerrase.
Como dolió... peor que un puñal en lo más profundo del alma. No me refiero al momento agónico del adiós, me refiero a mirarme frente al espejo y darme asco por ver en lo que me había convertido para gustarte. No reconocerme, ahogarme en mi propia existencia.

Eso es lo peor. Pensar "¿quién soy?" y no hallar respuesta posible. No digo que no me acordase del día que decidí quedarme a tu lado toda la vida, ni de que te prometí amarte más que a nada (el problema fue que esa cláusula debía excluirme a mí, y no me di cuenta de que no lo hacía). No digo que no me acuerde de que estaba rota de rabia cuando me dijiste que deseabas los labios de otra, ni de que a pesar de todo, los únicos que yo anhelase fueran los tuyos. No digo que no me habría humillado de nuevo ante ti con tal de que volvieses, ni que no me echase las culpas de todo al principio. Digo que me has hecho más fuerte, encontrarme de nuevo después de perderme.

Haberte ido ha sido aún mejor que haberte encontrado. Fuiste la suerte de mi vida, la persona que más quise, las mariposas en el estómago, el vértigo de caer y la seguridad más tremenda, el respaldo que sentía que me ayudaba, el fantasma que me atormentaba cuando nos peleábamos, la figura que me mantuvo en la sombra, el agua que apagó mi llama y me helaba la sangre, el dictador que censuraba mis palabras, la cárcel de mis libertades. Pero sí, tú me has hecho más fuerte.

Que ya no me puedes cortar las alas, ahora puedo volver a volar y sin encadenarme a las tuyas para ser libre. Ahora yo soy el caballo al que le han salido las alas, como siempre me han dicho, y nadie me va a parar. Que no entiendes qué significan mis sonrisas y te molesta que pueda ser otro el que me las provoque, que te duele verme feliz porque me perdiste por un capricho y por orgullo, que has intentado suplir la carencia de mí con noches tontas y alcohol, pero lo que eso te hacía era echarme más de menos y llorar esperanza. Que no eres capaz de mirarme a los ojos sin que te arda algo dentro, ¿sabes qué es? que tú mismo sabes que lo hiciste mal y proyectas toda ese rencor hacia mí. 

Me acostumbré a hacer el papel de la débil...pero qué tonterías se hacen por amor. Mi llama vuelve a arder.

sábado, 1 de marzo de 2014

¿Por qué nos negamos a aceptar lo nuevo?

Cada día entran cosas nuevas a nuestras vidas: canciones, personas, tareas, noticias...Somos capaces de aceptar ciertos cambios que hagan que los días no se sucedan unos a otros sin el mínimo ápice de caos. Sin embargo, en cuanto respecta a cosas más radicales nos encerramos en la frágil cáscara de huevo de la que el ser humano se ha rodeado; para así crecer en la comodidad de una mentira. Dejamos que nos manejen, que nos adoctrinen, que nos digan cómo debemos vestir o a quién amar, y por desgracia, ya no es el hecho de que nos influyan y lo toleremos, es que si vemos a alguien que no va acorde a ese sistema impuesto, lo tachamos de raro, lo marginamos, le hacemos pasarlo mal torturándolo e incluso, los matamos.

Hablemos del caso de Internet, ¿acaso alguien podía imaginarse que yo, desde mi casa, pudiese escribir esto y al acabar mandarlo para que sea leído desde todos los continentes? ¿Quién se diría que saldríamos de nuestro planeta? ¿O que estamos formado por energías entre partículas ínfimamente minúsculas? Y ahora, ¿alguien puede pensar ahora en las posibilidades que nos ofrece el grafeno? (aquí os dejo el enlace de un vídeo de lo que este material puede hacer http://www.youtube.com/watch?v=6Cf7IL_eZ38 , como curiosidad, pero antes me gustaría que acabaseis de leer).

No señores, no predecimos el futuro, lo vamos descubriendo. Negarnos a que la vida progresa, cambia y mejora o empeora es matar a una parte de nosotros; aquella que sabe, como Heráclito decía, que “el río ha cambiado casi por completo, así como el bañista. Si bien una parte del río fluye y cambia, hay otra que es relativamente permanente y que es la que guía el movimiento del agua”.

Bien, ¿a qué viene todo esto? Bueno, creo que es importante hablar de ello y a quien le moleste, que vuelva a leer los primero 3 párrafos. Es algo que está desde mucho antes que nosotros, que implica un sentimiento o un simple deseo, que se puede esconder pero no erradicar, que les ha servido a muchas religiones para cometer asesinatos, que incluso hoy en día se mira mal, que es un colectivo marginado y que margina probablemente por la situación a la que son sometidos. La homosexualidad, bisexualidad o transexualidad no es más que un pequeño aspecto en la vida de una persona. ¿Quiénes somos para prohibirlo? No pido ni que se acepte, es una mera cuestión de respeto hacia un ser humano. Es como decir que esa persona te da asco porque se ducha con un champú que no es el mismo que tú, ¿pero y qué más nos da lo que haga otra persona de puertas hacia dentro en su casa? ¿En qué influye? ¿Por qué resulta tan molesto? 

Será, como muchos dicen excusándose, el hecho de que manifiesten su amor de forma pública...y ahora yo pregunto, ¿que tu hija se esté restregando en un banco del parque con su novio, porreta y sin estudios, no está tan mal como que tu otra hija dé un paseo con su novia cogida de la mano? Parece que todos se han vuelto locos, quizá sea yo que he nacido en otra época y veo esta orientación como algo normal, pero llámenme estúpida si creen que me equivoco al decir que es más importante la educación que la opción sexual. Sí, seré una estúpida que sabe compaginar el respeto de antes hacia las personas con la aceptación de que cada uno elige su camino y no es, de ninguna forma posible, peor al de cualquier otro.



El cauce del río no cambia señores, cada uno sigue siendo la misma persona, con sus virtudes, defectos, manías, enfermedades, hobbies, pensamientos e imaginación sea homosexual o heterosexual. Quizá estas personas sepan mejor que nadie que en la vida se producen cambios, que aunque la corriente sea fuerte, siempre hay que seguir nadando, y que por muchos bañistas que traten de ensuciar su río con insultos, ellos saben que son esas personas las que más podridas están. 



SER DIFERENTE, CREAR UN FUTURO.


jueves, 20 de febrero de 2014

Amigas ♥

Me gusta cuando me dan un abrazo. Cuando me dicen cosas bonitas. Cuando me hacen reír. Me gusta levantarme con ganas de verlas, y saber que están ahí porque quieren, que nadie les obliga a permanecer a mi lado ni a hacerme feliz. Me gusta sentirme acompañada. 

Me gusta que Belén me llame Mari Loli, y que me cuente cosas sobre sus ídolas. Me gusta ver cómo Elenuli es una chica tan sensible y fuerte a la vez. Me gusta la acidez caústica de violeta, y que me sienta a gusto cuando lloro con ella y me desahogo. Me gusta que Helen me diga que me quiere a pesar "de que soy una fea" y que tenga siempre una sonrisa en la cara. Me gustan los rizos locos de Kasi y cuando se cabrea, se pone muy guapa. Me gusta el entusiasmo que le pone Almudena a las cosas. Me gusta la extrema dulzura y magia que envuelve a Luna. Me gusta la organización de Livia y que haya aprendido a quererse como se merece. Me gusta que Pino sea tan inocente para poder enseñarle cosas de la vida, que esté tanto tiempo junto a mí, que sea ya de mi familia y los domingos en su casa, los cuales me hace compañía siempre que me quedo sola en casa. Me gusta el despiste de Gloria. Me gusta la espontaneidad de Eider y su forma de afrontar la vida. Me gusta saber que Noelia es un gatito encerrada en el cuerpo de una leona y que tiene miedo a la oscuridad. Me gusta que, a pesar de lo lejos que está, Maria Monerris sea mi flor y que la quiera cada día un poco más. Me gusta que Miriam tenga las cosas tan claras. Me gusta cómo Rocío te escucha y lo trasparente que es. Me gustan todas esas cosas y muchas más de vosotras. Día a día hacéis que esté orgullosa de vosotras y de mí misma.

A los que no encontréis amigas como ellas, os compadezco; es más importante cuidar una amistad que el amor, pues es más fuerte, duradera y excepcional.

martes, 11 de febrero de 2014

Tomarse las cosas tan enserio empieza a cansarme.

¿Pero qué me pasa últimamente? Me noto distraída, distante, no pillo las bromas, no entiendo cosas sencillas, me ahogo en un vaso de agua, no tengo ganas de salir, me esfuerzo y no veo resultados....

Lo intento, descifrar esta sensación que me hace sentir tan mal y no sé si es que miro el mundo con otros ojos o es el mundo el que empieza a mirarme distinto a mí. 

Cojo unos cabreos tan tontos, me someto y me someten a tanta presión que exploto de la forma más rápida y absurda. No tolero otras opiniones. No duermo. Eso es lo que peor llevo. Y tomo infusiones, me canso a lo largo del día, procuro poner mi mente en blanco y lo único que veo es cambiar el reloj de posición. Cuando caigo rendida porque no puedo más parece cuestión de diez minutos mi descanso pero he soñado muchísimo, raro y me acuerdo de la mayoría.

¿Qué te pasa cabeza? ¿Qué te pasa Lola? ¿Tengo que preocuparme? No, tal vez sea que tengo cosas que decir, o que quiero hacer algo que no puedo. Tal vez solo me haga falta llorar en el hombro de alguien. No sé, tal vez no me pase nada y en unos días todo esto desaparezca y vuelva a reírme como antes y a ser amable y apacible. 

Tomarse las cosas tan enserio empieza a cansarme.

domingo, 9 de febrero de 2014

Quizá eso no era amor

Quizá eso no era amor. Quizá solo era la necesidad de sentir algo distinto. El deseo de ir detrás de alguien que se diese la vuelta y te diese un beso de esos que flotan en el ambiente durante unos segundos. El impulso que se siente cuando te cogen de la mano y tiran de ti para ir a bailar, como si cayeses de repente por un precipicio de notas musicales y giros infinitos. La manera de mirar a la otra persona mientras duerme entre tus sábanas, respirando el perfume más natural que existe. Las carcajadas profundas que inundan el alma de felicidad y del analgésico más potente que hay: su sonrisa. La viva imagen de que se puede tocar el cielo teniendo los pies en la tierra, como si estuvieras en la tercera nube a la derecha de tus sueños. El sabor dulce de las noches de verano eternas, esculpiendo con un hermoso cincel blanco todo el amor del universo en nuestra memoria. El fuego que hace que prenda tu llama y que tengas energía como para mover el mundo y no necesitar tan siquiera un punto de apoyo y una palanca, porque esa persona es tu punto de apoyo.
El tacto aterciopelado con tan solo pensarle. Detener el tiempo, congelando una imagen y poder romperla en muchos pedazos sin que importe; porque lo que importa no es esa imagen ni que se quede durante mucho tiempo en tu cabeza, sino lo que sientes cerca suyo ya sea en el lugar más maravilloso de este mundo o en el vacío más absoluto. Imaginaros en todos los escenarios posibles haciendo realidad vuestros sueños y corriendo con vuestros futuros y de momento inexistentes hijos, eligiendo los muebles de vuestra casa, decidiendo hasta el olor de las cortinas. Cantando a pleno pulmón que os queréis y diciéndoselo a desconocidos por la calle, sabiendo que eso no lo consolidará más pero importándoos bien poco lo que la gente piense. 

¿Qué digo? Claro que era amor, tintado de locura, rociado de esperanza y mágico hasta decir basta


domingo, 26 de enero de 2014

Cabreada con el p*** mundo

Qué tontería tan absurda e innecesaria discutir con las personas que son pilares en tu vida, ¿no? Y más si es por cosas sin importancia. Que imbecilidad por parte de todos, no querernos como deberíamos cuando nos tenemos y echarnos de menos cuando nos marchamos. Será la distancia que activa algún tipo de pensamiento en nuestro interior y que convierte la sala que tenemos destinada para esa persona especial en el centro del museo del amor. No sé si me entendéis con esto último, tendréis que leer el artículo del 5 de febrero del 2013 titulado "AMOR" y me entenderéis.

¿Por qué empeñarnos en despreciar a los demás? ¿Por qué inundar de egoísmo una red de seres humano? ¿Por qué teñir de ignorancia nuestra cabeza? ¿Por qué darnos asco? Cuántos interrogantes eh, y qué fáciles son de contestar, aunque no de resolver. Pero qué nos pasará... ¿tan malos somos por naturaleza? ¿O es acaso el entorno lo que nos hace avariciosos y nos corrompe con ira y odio?

Esto es una queja al mundo en general, me ha dado por sacar algo de filosofía hoy de mi mente así que si no quieres que te maree, deja de leer. ¿No creéis que hay cosas que nos calman y nos hacen buenos durante, al menos, un tiempo? Leer, pintar, correr, reírnos, hacer puzles, escalar, perdernos por el bosque, cocinar, hacerle feliz...y escribir por supuesto. ¿No os parece que deberíamos explotar más eso? No sé, dejar un poco de lado ciertas cosas, entre ellas esta competitividad que nos espera y acorrala a los estudiantes o a trabajadores. Es estresante. Podríamos explotar más la creatividad, los sentidos, la música, los músculos (con esto incluyo al cerebro aunque no sea un músculo verdadero), la compasión, el compañerismo, el altruismo... ¿Cuántas veces habéis ido a cuidar a ancianos? ¿O a plantar árboles? ¿O a hacer sonreír a niños con dificultades físicas? Yo os digo que me avergüenzo de las pocas que lo he hecho y que desearía disponer del tiempo necesario como para buscar más proyectos e involucrarme en ellos. Incluso si no lo hicieses por otras personas, deberías hacerlo por ti mismo, porque serías feliz entregando una parte de ti en los que más lo necesitan y cuidando del mundo. Es gratificante, de veras.

¿Qué me molesta exactamente? La mentalidad del puñetero pueblo español. Unos que se quejan de que no hay trabajo y no han hecho nada en su vida por conseguirlo ni tienen el más mínimo ápice de esfuerzo y luego los explotadores que se llevan todo el dinero y fama. Con esto también me refiero a deportistas como los que ya sabéis que les mandaría a *PLANTAR ÁRBOLES* y a grandes empresarios. Que lo importante no está en el dinero, ni en la marihuana, ni en aparentar tener más, ni en pegarles hostias a los policías. LA VIDA CONSISTE EN APRENDER MIENTRAS ESTÁS EN ELLA, APRENDER A SER FELIZ Y A CUIDAR DE LOS DEMÁS. ¿Tan difícil es de entender que nos estamos cargando el planeta y a los seres vivos que habitan en él? Y no sólo eso, el individualismo que se vive hoy en día es tan brutal...me parece increíble lo poco que nos queremos. La masificación a nivel global no se puede sostener durante mucho más tiempo. ¿Hay recursos suficientes? Tal vez no para que todos llevemos los mejores móviles, pero sí para que ningún humano muera de sed. Qué barbaridad...

Vuelvo a preguntaros... ¿por qué no nos ayudamos más? ¿Por qué no nos queremos como deberíamos hacerlo? ¿Por qué no entendemos el mundo de otra forma? Responded lo que queráis en los comentarios de abajo de forma pública o anónima, no contestéis, haceos los locos y seguid con vuestras vida...haced lo que queráis pero pensad un poco en todo esto y no dejéis que caiga en saco roto.
He dicho.


sábado, 25 de enero de 2014

Livia Schuler

Mi hermana pequeña. ¿Por qué has tardado tanto en llegar en mi vida? En darme todos estos buenos ratos, hacerme tan feliz solo con que nos miremos. Si pudiera pedir un deseo sería asegurarme una vida con vosotras a mi lado. Sé que si todo va mal nos queda empezar a remar, y seguir hasta que lleguemos a la orilla. Vivir sobre la marcha pequeña, es lo único que podemos hacer; porque cuando somos jóvenes todo parece el fin del mundo, pero la realidad es que es solo el principio.

Nosotras no maduramos, nosotras crecemos, torcidas como árboles; como las mejores cárceles, sin vayas; como los peores ángeles, sin alas. Porque venimos a este mundo llorando, deseosos de empezar un proyecto y cumplirlo con los demás, al igual que nuestra felicidad, que solo es real cuando se comparte. Les voy a decir a todos, A TODOS, aquellos que te pisen, que ya pueden correr porque cuando te ayude a levantarte, no van a poder esconderse de mí. Cuando te rompan el corazón, yo te llevaré un lubricante que haga que resbalen mejor las punterías de los incidentes. Cuando haya piedras en el camino, estaré ahí recordándote que en realidad es el camino el que está hecho de piedras.

Se necesita tristeza para conocer alegría, ruido para apreciar el silencio y ausencia para valorar la presencia. Tú lo eres todo, lo bueno y lo malo. Las 24 horas de mi día porque hasta soñamos la una con la otra, las listas de clase con las cosas que contarnos, las cien mil fotos que tenemos iguales y las novecientas mil que nos quedan por hacernos. Sé lista, sé inteligente, sé divertida, sé sexy, sé flexible, sé prudente, sé auténtica, pero sobretodo, sé tú misma. Porque la vida es imparable y eso es lo bonito, que aunque no sepamos a donde nos va a llevar, llegaremos juntas. Nunca pares, nunca te conformes, hasta que lo bueno sea mejor y lo mejor excelente. Porque ya sabes de sobra que la poesía de los perdedores es mucho más mágica que la mejor victoria de los ganadores.

¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar? Usa esas personas que dicen que no puedes para motivarte, usa su negatividad para que prenda tu fuego y sigue adelante. Eres mucho Shau’din y no te imaginas aún lo impresionante y fuerte que puede llegar a ser tu fuego y tu luz.

“Se notaba, por la forma en que se miraban, en que se entendían, en que se reían, que guardaban el secreto más maravilloso del mundo…una verdadera amistad.”



                                                                                                                            

domingo, 19 de enero de 2014

Tu último orgasmo

No hablar. No sentir tus besos. No oler tu perfume. No sangrar si me corto. Todo eso me desquiciaba y la solución era simple: te necesitaba. Pero no me di cuenta de la verdadera complejidad del asunto: tú a mí no.

Tus caricias eran lo que me hacía fuerte y tus labios los que me provocaban deseo; un deseo que sólo era capaz de sofocar haciéndote el amor toda la noche. Éramos felices, al menos yo lo era en una rutina de amor desenfrenado. Pero no, no fue suficiente.

Aún recuerdo los golpetazos de vuestros cuerpos desnudos contra los armarios de la habitación, tu garganta jadeante en busca de más placer, su sonrisa malévola y a la vez cargada de amor, un amor que no era el mío. Entré corriendo, impulsado por el más loco pensamiento e infundado por un temor a encontrarte en los brazos de otro. No me había dado cuenta de que no estabas bien, de que querías despejarte de mí, de que te asfixiaba la monotonía de nuestros días grises tirados en el sofá, cuando todo aquello te encantaba tiempo atrás. 

No sé si fue mi culpa o sólo un conjunto de tus emociones. Pero al ver todo aquel vaho que me impedía respirar y que salía de vuestros cuerpos ardientes, se me clavaron mil cuchillos en el corazón. Al ver tu sexo en manos de otro, se me rompió el mundo y el alma. 

Y entonces, desperté. Desperté de aquella alegoría inútil a lo que había estado siendo mi vida hasta entonces. Desperté de aquel tormento que acechaba a mi razón de ser y a la sombra que, más muerta que yo, me seguía en cada delirio. 

¿Había estado muriendo en vida o había estado viviendo en lo que era una muerte? Es probable que ninguna de esas cosas ocurriera, tal vez sólo caminaba hasta encontrar un precipicio que, irremediablemente, me empujase al vacío y acabase con la tortura del silencio. Te necesitaba y te odiaba tanto a la vez que la insignificante idea de imaginarte era tan dolorosa que mi mente no era capaz de soportarlo y dejaba de albergarte en mi cabeza. Eso intenté durante años, sacarte de mí, en un esfuerzo incalculable saboteado por los celos, los impulsos, las pesadillas y el odio.

Por desgracia, la vida es una bonita mentira y la muerte una triste realidad. De lo que más me arrepiento es de haberte visto morir en tu último orgasmo.

Viva la vida, ¿a qué precio?

Viva la vida!
Tan difícil como es, tan hermosa que enloquece, tan imperfecta que hasta duele, tan violenta que hasta es dulce. 
Vive la vida, como tú quieres, sin que te chafen las ilusiones, sin que agoten tus esperanzas, sin que arruinen tus planes, sin que te infundan miedo. Que dejen de presionarte. Que deje de afectarte el "qué dirán" y que no te asuste ser feliz.

Busca la felicidad. Por favor, búscala. Estamos tan obsesionados con el trabajo, los estudios, las apariencias, las redes sociales, los problemas (desde los más insignificantes hasta los más engorrosos) que no nos enteramos de que hay un mundo detrás de eso. De que ese es el verdadero mundo que deberíamos disfrutar y no pre-ocuparnos de asuntos que no han ni siquiera ocurrido. El 90% de lo que tememos nos lo creamos nosotros mismos y la verdadera cuestión ocupa tan solo un 10% de la tragedia real.

No tiene sentido que la gente se manifieste y discuta sobre si una célula huevo o zigoto es un ser vivo o no mientras que haya miles de niños que mueren de hambre y abandono en las calles de países pobres. No tiene sentido que en partidos de fútbol, que es un deporte con el que se supone habría que disfrutar, la gente acabe matándose por cuestiones políticas. No tiene sentido que queramos salarios mínimos y seguridad social pero que destinemos los 20 euros que cuesta Ca*al + en entretenimiento y no en ayudar a personas que realmente lo necesitan.
¿Pero quién soy yo para discutir a nadie en qué se gasta su dinero? Para eso lo cobran. Sin embargo, sí que tengo voz para decir que a mí me parece mal que el mundo vaya así y que, mientras sea más importante ponernos unas zapatillas caras de marca que no la calidad de vida de las personas que las fabrican, habremos perdido la batalla y cometeremos un atentado contra lo que llamamos sociedad, democracia, humanidad, amor, respeto, igualdad y fraternidad.