Te quiero recordar cómo de importante eres. Que el calor dentro de ti me ha provocado alejarme de las golondrinas de Bécquer. Hace tiempo que no sé mirar el horizonte en los colores del espectro visible; y más bien me muevo como el espectro de aquello en lo que pensé que nunca me convertiría. Y sigue una parte que no se apaga, y vuelve de vez en cuando la tarde a tornarse rosa y naranja y el viento grita mi nombre mientras me ilumina desnuda por los huecos que deja la persiana.
Se oye un orgasmo matutino al morder las tostadas y como la melodía crece para morir antes de que podamos tan siquiera pensar en el sonido. Así de rápido mueren mis ganas. Así de brusco se vuelve el tiempo. Como tecleando un instrumento lleno de notas inexploradas, voy probando hasta que acierto y eso vale por todos los estruendos que he ido dejando atrás. Porque sí, lo dejo atrás y eso me sirve para volver al título: "cómo de importante eres".
El reflejo de las tres veces que he conjugado el verbo "volver" y las tres uves de esta frase, fue en vano la búsqueda de fe; de donde no hay, se saca rascando. Saco las uñas y me muestro, llena de encontronazos, llena de fe. Saco las uñas y me desgarro cuando no llego a verme desde dentro.
Pero de momento no lo necesito demasiado; no hay conclusión tras estos párrafos, solo una gran ola en la que me estoy moviendo y no encuentro dónde romperá, dónde iré a parar. Tal vez lejos de aquí, probablemente fuera de ti. Cómo de importante soy ya me lo recordará la espuma de esta ola, el crujido de la tostada, las golondrinas de Bécquer.
jueves, 28 de febrero de 2019
viernes, 1 de febrero de 2019
Y por eso hago la cama
Hacer la cama. Empezar el día. Apoyar un pie y luego el otro. Estirar un brazo y luego el otro. Ordenar un pensamiento y luego el otro. No ha salido el sol y siento que es temprano para salir de la cama, para dar al mundo un poco de mí. Es temprano, incluso, para aquellos que siempre están despiertos.
Y, sin embargo, es tarde para los que siempre duermen. No les queda tiempo, ni ganas, ni alma, ni refugio a aquellos que no dicen nada, que no se mueven, que no han despertado y siguen soñando en una burbuja de profecías autocumplidas. Seguirán sin decir nada.
Me lavo la cara y no veo los años, veo lo que ayer me perturbó, lo que me hizo daño. Y entonces siento agonía y quiero meterme en la cama. Pero, aunque sea agonía, por lo menos siento. Y pienso que sentir es mucho mejor que la asepsia de quien no sufre porque no ha encontrado motivos para ignorar la ignorancia.
Desayuno una tostada monótona y encuentro comfort en los sabores salados, dulces y tiernos. También lo hago en el café amargo y en un yogurt insulso. Encuentro amabilidad en el hecho de poder llevarme algo a la boca, en nutrirme con energía.
Me pongo la ropa interior, me abrigo con la exterior. Y antes de salir por la puerta, ya he debido encontrar cómo vestirme de piel para adentro.
Resulta que desde que me he levantado he entrenado muchas cosas: mi capacidad para mirar la mañana oscura y decir que yo llevaré luz a las calles vacías. Que siento y eso es bueno porque sigo en movimiento. Que me declaro ignorante porque no sé de nada pero no quiero vivir en la felicidad del ignorante, sino decidir por mí misma. Que agradezco cada bocado, sabor y olor de la comida y agradezco a quienes han hecho que yo tenga la seguridad de que comeré al día siguiente.
Y todo ha empezado por hacer la cama; un ritual que parece inútil porque la desharé esa misma noche al acostarme pero que refleja en mí la satisfacción de que, si el día ha ido mal, podré llegar a mi casa y tumbarme en una cama bien hecha. Porque si en la vida no se empieza por lograr pequeñas cosas o disciplinas, las grandes serán más complicadas.
Y, sin embargo, es tarde para los que siempre duermen. No les queda tiempo, ni ganas, ni alma, ni refugio a aquellos que no dicen nada, que no se mueven, que no han despertado y siguen soñando en una burbuja de profecías autocumplidas. Seguirán sin decir nada.
Me lavo la cara y no veo los años, veo lo que ayer me perturbó, lo que me hizo daño. Y entonces siento agonía y quiero meterme en la cama. Pero, aunque sea agonía, por lo menos siento. Y pienso que sentir es mucho mejor que la asepsia de quien no sufre porque no ha encontrado motivos para ignorar la ignorancia.
Desayuno una tostada monótona y encuentro comfort en los sabores salados, dulces y tiernos. También lo hago en el café amargo y en un yogurt insulso. Encuentro amabilidad en el hecho de poder llevarme algo a la boca, en nutrirme con energía.
Me pongo la ropa interior, me abrigo con la exterior. Y antes de salir por la puerta, ya he debido encontrar cómo vestirme de piel para adentro.
Resulta que desde que me he levantado he entrenado muchas cosas: mi capacidad para mirar la mañana oscura y decir que yo llevaré luz a las calles vacías. Que siento y eso es bueno porque sigo en movimiento. Que me declaro ignorante porque no sé de nada pero no quiero vivir en la felicidad del ignorante, sino decidir por mí misma. Que agradezco cada bocado, sabor y olor de la comida y agradezco a quienes han hecho que yo tenga la seguridad de que comeré al día siguiente.
Y todo ha empezado por hacer la cama; un ritual que parece inútil porque la desharé esa misma noche al acostarme pero que refleja en mí la satisfacción de que, si el día ha ido mal, podré llegar a mi casa y tumbarme en una cama bien hecha. Porque si en la vida no se empieza por lograr pequeñas cosas o disciplinas, las grandes serán más complicadas.
martes, 29 de enero de 2019
Ilógicamente humano
Es totalmente ilógico. Como la forma en la que uno se
arrastra por el amor de un hijo; como las cenefas de lágrimas que uno dibuja
incluso cuando ya es tarde para todo.
Porque si fuera coherente, no sería verdadero. Si no te
levantases con el pecho ardiendo, no sería auténtico. Porque si duele tanto que
hasta es placentero, puede que haya un atisbo de realidad.
Porque no tiene ningún sentido; y esa es la aseveración más
sincera. No podemos buscar orden en el amor. No se pueden encontrar
justificaciones que expliquen los actos que haces por amor. Ni se puede
expresar a veces cuánto cansa el sentir que mueres por amor.
Porque la base del amor, la primerísima cosa que se ha de
hacer, es respetar. Y antes ni siquiera de plantearnos el amar, debemos:
querernos, cuidarnos y protegernos, a nosotros mismos.
No se debe prometer amor. No. Si amas, prometes respeto,
sinceridad, cariño, flexibilidad, sacar el sol en los días grises y ser el
sonido ambiente cuando la otra persona solo sea capaz de escuchar vacío. Ser
los versos medidos de una historia y crear magia de un bostezo a su lado diciendo
“te quiero”.
Y da igual por dónde empieces, pero debes empezar.
Da igual el pánico que te dé, pero debes atreverte.
Da igual cuánta oscuridad rodee una situación, debes ser quien ponga
luz.
El momento en el que más bajo estás puede que sea el mejor;
no tienes nada que perder, no tienes hacia donde caer. Solo vas hacia arriba.
Solo in crescendo. Y es que si no te
mueves pero tampoco puedes estar parado, quizá deberíamos cambiar hacia
verticalidad y plantearnos qué hacer para que nos salgan alas.
Esas ansias de volar, esa fuerza que tenemos todos dentro,
ese propósito de vida, el no poder dejar de respirar voluntariamente; todo eso
debe ser amor. Porque no es lógico, no; pero si dejas de amar, si dejas de
intentarlo, si permites que te venzan las ganas y desistes, entonces habrás
muerto y nada de lo que hagas después podrá ser digno de llamarse humano. Amar,
ilógicamente humano.
miércoles, 9 de enero de 2019
Solo aire
Y que no sea solo aire lo que respires.
Que entre en tus pulmones la luz,
avocada entre tanto alveolo oscuro y reprimido.
Que no sean frágiles tus manos, ni pobre
la elaboración de tus sueños.
Que disfrutes tanto de las pequeñas
cosas que veas belleza en la espuma de un café.
Que no guardes rencor, ni hagas ciegos a
tus oídos; cultiva música, y arte, y tiempo.
Que no sea solo aire lo que respires,
por favor.
Que la moneda con la que pagues se
devalúe y cobre importancia ganar en especias; gastar en sonrisas.
Que no sean solo letras escritas en un
poema.
Que arda en ti la pasión y te atrevas a
cometer otro error.
Que me salven esos besos tontos y pueda
volver a hacer el amor.
Que no sea solo aire lo que respires,
por favor.
Y que bailes, que luches, que te pisen.
Que llores y lluevas, bondad a pesar de
tanto mal.
Que no tengas nunca la intención de
parar.
Que tengas un propósito nuevo cada año;
que te levantes con la idea de construir más rápido y destruir pausado.
Que no sea solo aire lo que respires,
por favor.
Que todo se termina y solo tienes esta
vida.
Que si fuera solo aire lo que respiras,
acude en busca de nuevas rimas.
viernes, 28 de diciembre de 2018
Inocente inocencia
A veces me pasa, que veo con una sonrisa al cuello, el cambio de
colores del paisaje madrileño hasta que torna a dorado y añil; la sequedad del
monte, la humedad del mar. Tenía ganas de venir, sentir, compartir, eludir,
sonreír, predecir, esculpir.
Venir a fundirme con el árbol
de la plaza, sentir la ausencia de frío (sin llamarlo calor), compartir mi casa
con todo el que lo quiera, eludir la responsabilidad de la bata unos día,
predecir cuánto tiempo tardarán mis amigos en bromear sobre mis ojos y esculpir
en plastilina aquello con lo que quieran jugar los peques.
Tenía ganas de librarme de las cadenas
de pensamientos negativos que entraña diciembre y que, sin ser demasiados, han
profundizado en mi ombligo. Mirar y no reconocer, ir a escribir y que los
espacios no funcionen, mezclando emociones y encadenando palabras que al final
son disgustos arraigados.
Basta. Espacio. Pausa.
Un ejercicio mental de aceptación de las ideas, de las
situaciones, de las patologías de la vida y, exactamente, de la vida. Como la
farsa de alguien que se cree su mentira y distorsiona las siluetas de las
amigas “sinceridad” y “templanza”, desvaneciéndose y presentando un desajuste
interno.
A veces… a veces solo necesito el mar. Y reírme. Gente que nos
haga reírnos en silencio porque perdura más que el sonido que se lleva el
viento. Comodidad estirada como el sabor del mejor chicle del mundo. Y es que,
algo tan sencillo como un chicle a mí me hace feliz. Darte la mano y notar tu
piel es un alivio. Escuchar qué piensas de la fuga de Alcatraz me intriga. Que me
cuentes qué o a quién te llevarías a una playa desierta. Que me digas que
quieres verme y hagas porque eso se cumpla.
A veces es eso, la sencillez de un chicle y todo lo que antecede.
Basta. Espacio. Pausa.
Ahora nos vamos entendiendo. No es que tenga
que pasar algo, es sencillamente que las ideas toca ordenarlas como ese cajón
de las medias; no sabes si algunas están ya para tirar, si perdieron sentido
porque les falta una mitad, si se agujerearon y no valen para el propósito
inicial pero sí para otro, si el color no coincide pero te da igual. Ya no lo
sé, cada idea dispar que tiene que volver a su sitio. Por eso reír, por eso
eludir, por eso sentir. Alejarse y no mirar el ombligo propio.
Inocente inocencia la de aquellos que anhelan recuerdos que se
están borrando y más aún de los ilusos que creen que siempre se borrarán. Inocentes
los que no saben porqué se sienten mal pero tienen la espada en la mano
preparados para atacar. Inocentes…los que sin miedo rechazan ayuda pero se
ahogan en su propio mar de hipocresía inaudita. Yo no soy inocente, más bien
bastante culpable en la declaración a gritos que aquí acontece: he abierto un
cajón de medias desordenadas que serán medidas bien tomadas al final del día
séptimo. Voy a estar prendada de todos mis aciertos, pero sobretodo, de todos
mis males.
Inocente inocencia.
miércoles, 12 de diciembre de 2018
Niebla
Tras un largo camino de lluvia de aguacero llegó la niebla a
enero.
Demasiado tarde en la noche. Demasiado pronto en la mañana.
Los faros del coche iluminaban las partículas suspendidas en aquel aire frío.
Un frío que te espabila va cuando salías a observarlo. Un
olor que recorría lo más íntimo de tu espina dorsal. Sinonimia de sinestesias:
gusto, olfato, tacto; todo en uno.
Arañazos en el alma con densidad impropia del dolor que uno
no deja asomar. Niebla.
Y a pesar de correr tanto que me tragué hasta el aliento, no
pude escapar porque era tan solo eso; niebla en mi interior con forma de lobo que va detrás de mí.
miércoles, 28 de noviembre de 2018
Amorcato de Davilina 23 mg, 3 veces/día
Creía saber que no necesitaba un tratamiento crónico ni SPD con rutinas establecidas. Estaba más por la labor de chutes bruscos, áreas bajo la curva de vértigo, escándalos sin receta.
Te vi, solo, delante del mostrador al que llamamos septiembre y me acerqué. Me metí poco a poco en esos ojos de fórmula magistral que me miraban a medida; recomendándome una dosis más baja y pausada, espaciar la vida, respetar posología. Un poco de vino contraindicado me hizo ver medio orgasmo, risas nuevas, retortijones en el epigastrio. No quería más ácido en mi estómago y, de repente, la ilusión comenzó a ser la mejor medicina.
Pero el seguimiento se perdió y decidimos inyectar un poco de aire entre Madrid y el sur; unos mililitros directos desde la arteria principal. Pretendí que fueras mi bromurio de ipratropio, mi SABA particular, aire que fresco en mis pulmones y acabé encontrando en ti la estatina que me salvó el corazón; la cronicidad que me hace pasar la vida un poco mejor.
Valoramos los factores de riesgo, las interacciones, duplicidades y toxicidad. Hicimos del Dader una herramienta útil, la alianza que determinó el acuerdo entre Londres y "aquí", ya no hay códigos nacionales, solo un enorme "sí".
Te vi, solo, delante del mostrador al que llamamos septiembre y me acerqué. Me metí poco a poco en esos ojos de fórmula magistral que me miraban a medida; recomendándome una dosis más baja y pausada, espaciar la vida, respetar posología. Un poco de vino contraindicado me hizo ver medio orgasmo, risas nuevas, retortijones en el epigastrio. No quería más ácido en mi estómago y, de repente, la ilusión comenzó a ser la mejor medicina.
Pero el seguimiento se perdió y decidimos inyectar un poco de aire entre Madrid y el sur; unos mililitros directos desde la arteria principal. Pretendí que fueras mi bromurio de ipratropio, mi SABA particular, aire que fresco en mis pulmones y acabé encontrando en ti la estatina que me salvó el corazón; la cronicidad que me hace pasar la vida un poco mejor.
Valoramos los factores de riesgo, las interacciones, duplicidades y toxicidad. Hicimos del Dader una herramienta útil, la alianza que determinó el acuerdo entre Londres y "aquí", ya no hay códigos nacionales, solo un enorme "sí".
martes, 20 de noviembre de 2018
Arde
Arde noviembre, arde París.
Arde la lluvia, arde sin ti.
Suenan las teclas del piano confundido por las palabras
dichas sin sentido.
Un recuerdo, dos recuerdos.
¿Es el tiempo relativo? En un segundo volantazo y han
pasado cinco años; contando entonces los pasos de gigante que diste sin saber lo
que estabas creciendo.
La simplicidad se confunde con unos versos mal rimados,
corazón dorado, pensamiento abstracto.
Disfrutando del espejo, de las películas que evocan un
futuro que da miedo. Y si el miedo es crear, si el caos fomenta al campeón;
lucharé hasta que salga de mí toda la razón.
Porque lo imparable de nada sirve frenar. Porque se puede
hacer un complejo vitamínico de unos minutos con la persona adecuada. Porque el
egoísmo no entra en esta melodía que no para de crecer.
Y mientras tanto:
Arde noviembre, arde París.
Arde la lluvia, solo de Jimmy Hendrix.
viernes, 9 de noviembre de 2018
1178
Y ahí sigues; el retrato fideligno de que no quieres dejar escapar ninguna oportunidad. Y entonces te das cuenta de que es la oportunidad la que no ha querido que la encontrases, que ha salido de tu círculo para escaparse y que tu vida no fuera el reflejo de quien te decían que debías ser.
¿No se entiende? Lo explicaré dentro de unos años con arrugas en las mejillas y callos en las manos; porque por más oportunidades que se pierdan en la vida, la sonrisa y el trabajo no impiden que te conviertas en quien quieras ser.
Las hojas no dejarán de caer en otoño ni el olor a musgo fresco dejará de emocionarme. No permitiré que se apague la pintura con la que rocío charcos grises ni acabaré atada de pies y manos por quienes se creen con el poder de parar el mundo. Encajaré los golpes como quien enhebra una aguja o tira piedras desde lo alto de una tubería para acabar encontrando, al final del túnel, una moraleja con silencio antes de arrasar con todo.
La moraleja de una historia que extraen los borrachos a verdades.
El silencio absoluto en el desierto vacío.
La llama que prende la mecha de etapas que no hay que quemar.
¿No se entiende? Lo explicaré dentro de unos años con arrugas en las mejillas y callos en las manos; porque por más oportunidades que se pierdan en la vida, la sonrisa y el trabajo no impiden que te conviertas en quien quieras ser.
Las hojas no dejarán de caer en otoño ni el olor a musgo fresco dejará de emocionarme. No permitiré que se apague la pintura con la que rocío charcos grises ni acabaré atada de pies y manos por quienes se creen con el poder de parar el mundo. Encajaré los golpes como quien enhebra una aguja o tira piedras desde lo alto de una tubería para acabar encontrando, al final del túnel, una moraleja con silencio antes de arrasar con todo.
La moraleja de una historia que extraen los borrachos a verdades.
El silencio absoluto en el desierto vacío.
La llama que prende la mecha de etapas que no hay que quemar.
viernes, 19 de octubre de 2018
Gracias
Ayer, al salir de la Universidad, experimenté una de esas sensaciones que se tiene algunos días en los que te sientes orgullosa. Fue agradecimiento pleno. Normalmente, al salir de un día largo de biblioteca y encontrarme lluvia, iría corriendo al parking para coger mi coche y salir escopetada. Pero ayer no.
Lo primero que agradecí fue el frío. Un octubre sin lluvia parece que es septiembre y avanzar en el tiempo te da perspectiva siempre. La oscuridad, la acera iluminada solo por las farolas y las luces de dentro de los edificios, los foodtruck proyectando sus sombras.
El olor a tierra mojada y el dolor en el cuello. Esa molestia que te dice que de ti no se ha ido ni un ápice de ímpetu, que quieres seguir mejorando y no tienes miedo a que ese lugar esté lejos de casa porque eres, al fin y al cabo, capaz de hacer tu casa allí donde estés.
El ordenador a 3% de batería y tú, puede que aún a un 23%, porque para mí es mejor creer que soy incombustible, que las personas podemos con todo, que hay pocas cosas que superen un día rodeada de gente a la que admiras. Y aunque luego todo esto sea mentira la mayor parte del tiempo y haya días en las que se me agote la mecha rápido, que me defraude la humanidad o que no me inspire mi entorno, sé que en la balanza lo bueno siempre pesa más.
Pensé en lo que hablé con un amigo hace unas semanas y es que en octubre parece que todo el mundo está un poco de bajón (y yo la primera) pero se trata de saber que no has perdido el norte y que cualquier árbol tiene que perder las hojas en otoño para brotar más fuerte que nunca. Y agradecí su consejo.
Llamé a mi abuelo desde el coche y puse "héroes del sábado". Entonces, agradecí el calor de mi coche, escuchar su voz y la vibración de los bajos de mi yaris. ¿Dónde están los que quieren salvar el mundo? ¿Dónde están los protagonistas? ¿Dónde los que quieren dejar sus cadenas y volar?
Lo primero que agradecí fue el frío. Un octubre sin lluvia parece que es septiembre y avanzar en el tiempo te da perspectiva siempre. La oscuridad, la acera iluminada solo por las farolas y las luces de dentro de los edificios, los foodtruck proyectando sus sombras.
El olor a tierra mojada y el dolor en el cuello. Esa molestia que te dice que de ti no se ha ido ni un ápice de ímpetu, que quieres seguir mejorando y no tienes miedo a que ese lugar esté lejos de casa porque eres, al fin y al cabo, capaz de hacer tu casa allí donde estés.
El ordenador a 3% de batería y tú, puede que aún a un 23%, porque para mí es mejor creer que soy incombustible, que las personas podemos con todo, que hay pocas cosas que superen un día rodeada de gente a la que admiras. Y aunque luego todo esto sea mentira la mayor parte del tiempo y haya días en las que se me agote la mecha rápido, que me defraude la humanidad o que no me inspire mi entorno, sé que en la balanza lo bueno siempre pesa más.
Pensé en lo que hablé con un amigo hace unas semanas y es que en octubre parece que todo el mundo está un poco de bajón (y yo la primera) pero se trata de saber que no has perdido el norte y que cualquier árbol tiene que perder las hojas en otoño para brotar más fuerte que nunca. Y agradecí su consejo.
Llamé a mi abuelo desde el coche y puse "héroes del sábado". Entonces, agradecí el calor de mi coche, escuchar su voz y la vibración de los bajos de mi yaris. ¿Dónde están los que quieren salvar el mundo? ¿Dónde están los protagonistas? ¿Dónde los que quieren dejar sus cadenas y volar?
domingo, 7 de octubre de 2018
Bajo nuestra araucaria
Y qué me das, letras y romances,
pasatiempos que están lejos de vocear verdades.
Y qué te doy, la reciprocidad del egoísta,
la inquietud de un ateo monoteísta.
Y qué espero,
tener un invierno encima de pinos,
un agosto bajo la araucaria,
una navidad sin acebo.
Pido perdón de antemano por toda la pasión exaltada y apagada, por las contradicciones que a veces ven pasar la tarde sin ningún motivo, los nombres de gente sin rostro que amenazaba el hueco que nos separaba.
Pido - a su vez- respeto por ese instante de valentía que desprendí a tu lado aun cuando sentía miedo, los kilómetros vacíos que llené con tu sonrisa al bajarme de un tren, el olor acre de una discusión frente a los tejados levantinos.
No vendo letras y era lo positivo de entregarte, desde el fondo de cada palabra, la emoción que sentía en ese momento.
No vendo letras, aquí hay autenticidad por los que rompen en llanto y los que llenan el aire con carcajadas.
No vendo letras, bajo la premisa primordial del predicador primerizo que fue capaz de prever el principio del amor privado.
Finalizo esto tras haber escrito con una estructura similar a lo que era lo nuestro: fría como un invierno en la playa sin acebo; repetitiva como la canción que me cantabas bajo la aracuraria.
pasatiempos que están lejos de vocear verdades.
Y qué te doy, la reciprocidad del egoísta,
la inquietud de un ateo monoteísta.
Y qué espero,
tener un invierno encima de pinos,
un agosto bajo la araucaria,
una navidad sin acebo.
Pido perdón de antemano por toda la pasión exaltada y apagada, por las contradicciones que a veces ven pasar la tarde sin ningún motivo, los nombres de gente sin rostro que amenazaba el hueco que nos separaba.
Pido - a su vez- respeto por ese instante de valentía que desprendí a tu lado aun cuando sentía miedo, los kilómetros vacíos que llené con tu sonrisa al bajarme de un tren, el olor acre de una discusión frente a los tejados levantinos.
No vendo letras y era lo positivo de entregarte, desde el fondo de cada palabra, la emoción que sentía en ese momento.
No vendo letras, aquí hay autenticidad por los que rompen en llanto y los que llenan el aire con carcajadas.
No vendo letras, bajo la premisa primordial del predicador primerizo que fue capaz de prever el principio del amor privado.
Finalizo esto tras haber escrito con una estructura similar a lo que era lo nuestro: fría como un invierno en la playa sin acebo; repetitiva como la canción que me cantabas bajo la aracuraria.
martes, 18 de septiembre de 2018
A la cara, perla azul.
Dímelo a la cara porque tengo el cerebro estimulado,
quemado, acelerado, incorporando el honor de lo que siempre me decía a oscuras
y en contra a lo que les decía a los que no te creían.
Porque juego, porque miento, porque me niego.
No controlo y destrozo lo poco que me han puesto delante me lo como,
accionando el impulso animal, el hecho de que soy mortal
y parte de los que se niegan a negar las verdades impuestas de la sociedad.
Alcohólica y anónima, ¿qué más da? Si lanzamos lo atado y mantenemos lo que no tenemos.
Esto pasa por no haber aprendido a dejarme llevar y, en vez de ver cómo el agua corre,
me recorro los instintos que las leyes físicas me obligan a pensar.
Submit en código rojo y un caballo que se posa sobre un muro. Y sabe que la contraseña es azul. Una perla azul. "Corre" lee en la cerradura y se activa la dopamina.
Silibina. Impulsos motores y nerviosos le recorren hasta la punta de los cascos. Y no corre. Vuela. Siempre supo volar. Siempre pudo volar. Dime que no puedo, dímelo a la cara porque tengo el cerebro estimulado, quemado, acelerado, incorporando el honor de lo que siempre me decía a oscuras y en contra a lo que les decía a los que no te creían.
quemado, acelerado, incorporando el honor de lo que siempre me decía a oscuras
y en contra a lo que les decía a los que no te creían.
Porque juego, porque miento, porque me niego.
No controlo y destrozo lo poco que me han puesto delante me lo como,
accionando el impulso animal, el hecho de que soy mortal
y parte de los que se niegan a negar las verdades impuestas de la sociedad.
Alcohólica y anónima, ¿qué más da? Si lanzamos lo atado y mantenemos lo que no tenemos.
Esto pasa por no haber aprendido a dejarme llevar y, en vez de ver cómo el agua corre,
me recorro los instintos que las leyes físicas me obligan a pensar.
Submit en código rojo y un caballo que se posa sobre un muro. Y sabe que la contraseña es azul. Una perla azul. "Corre" lee en la cerradura y se activa la dopamina.
Silibina. Impulsos motores y nerviosos le recorren hasta la punta de los cascos. Y no corre. Vuela. Siempre supo volar. Siempre pudo volar. Dime que no puedo, dímelo a la cara porque tengo el cerebro estimulado, quemado, acelerado, incorporando el honor de lo que siempre me decía a oscuras y en contra a lo que les decía a los que no te creían.
sábado, 8 de septiembre de 2018
Brava
Valoré las noches en las que el rocío caía por las flores de tu
terraza, la última calada a un cigarro tras decir que jamás probaría otro. Me
quedé atónito mirándote; lo hacía una y otra vez: tus piernas morenas cruzadas
en un ángulo que no todos los esqueletos podrían imitar, una perfecta armonía
entre sencillez y gusto. Dando un poco de esa esencia tan tuya al mundo,
regando al universo con picardía propia de quien sabe que gusta, de quien
quiere aprender de dónde salen los colores.
Y es que es fácil invadirte,
invadirme. Por la falta de tacto que tuve al no saber tratar las curvas de tu
inteligencia, las carreteras infinitas de tu extravagancia envolvente. ¿Cómo se
puede pretender estar en el centro de tu vida? Si esta es un tornado en constante
movimiento que baila al son de tus caprichos.
Llegué a ti atrapado como por
el magnetismo de un imán cuya atracción es tan fuerte que cuando lo quieres
separa acabas por romper la capa decorativa exterior. Y es que es precisamente
eso lo que tú no tienes: no eres un yeso blanco pintado con un mensaje vacío,
no tienes escrito el nombre de ninguna ciudad porque el mundo es tu bandera, ni
sabes medir la temperatura de tu alrededor pues cuando llegar eres capaz de
arrasar y helar a la vez.
Eres de esos corazones que
aguantan viento y marea, sol y salitre, nieve y relámpagos de las
circunstancias; pero cuando te hacen un corte superficial a posta, sangras
formando un río rojo de tristeza a costa de todos.
Y me gustas: compleja y libre,
piernas enredadas, curiosa y con furia. Me gusta que te rebotes por lo que
consideras injusticias, por el dolor ajeno aunque no te represente, por el
despojo de los que olisquean y te faltan al respeto. Me gusta que sientas
tanto. Brava.
martes, 17 de julio de 2018
DDG
Corría, fluía, volaba.
Apuntaba hacia arriba como el viento, atravesando los ritmos fluctuosos que traen los amores de verano.
Miraba perplejo el sonido del latido. Pum, pupum. Pum, pupum. Se repetía constantemente, de forma inalterable, invariable. Si cambiaba, sería para acelerarse o ralentizarse y si paraba, implicaba morir.
Porque los cambios no siempre eran para bien, pero eran y eso entrañaba una importancia tremenda. Quien está preparado para ello, quien sabe que la mayoría del éxito radica en insistir, esperar y atacar un 80%, 19% y 1% respectivamente sería una bala insaciable dispuesta a arrasar con todo.
Probablemente esos porcentajes no se habían ajustado en su interior y era la insultante juventud quien le atacaba en exceso cuando comenzaba una tarea; por ello, representaba un 70% del total la táctica inadecuada. Pero no se cansaría, él resistiría.
Parece que hay mucho incondicionales, qué no haríamos si supiéramos cómo afecta el peso del tiempo, el brotar de las decisiones. Una idea enterrada florecida con fuerza y ganas que acaba siendo un bosque en el que, el día de mañana, uno mira orgulloso por el legado que ha dejado. Eso también es cambio: admitir errores, superarnos cuando el "yo" del pasado fue estúpido y radical.
Admitir que una mujer es capaz de ocupar un puesto sin cuestionarle si es jefa; porque sería absurdo de igual manera cuestionarle si es mujer. Y es que cuando uno tiene claro lo que es no hace falta ni siquiera decirlo. Él lo tenía claro: sus pasos se convertirían en estrellas fotogénicas a las que todo el mundo admiraría y observaría desde abajo.
De nuevo, tampoco hace falta decirlo. Porque los cambios son. La clave es un 80%, 19% y 1%. La clave son las ideas, los ritmos, la fuerza y, especialmente, que el corazón sepa latir.
Apuntaba hacia arriba como el viento, atravesando los ritmos fluctuosos que traen los amores de verano.
Miraba perplejo el sonido del latido. Pum, pupum. Pum, pupum. Se repetía constantemente, de forma inalterable, invariable. Si cambiaba, sería para acelerarse o ralentizarse y si paraba, implicaba morir.
Porque los cambios no siempre eran para bien, pero eran y eso entrañaba una importancia tremenda. Quien está preparado para ello, quien sabe que la mayoría del éxito radica en insistir, esperar y atacar un 80%, 19% y 1% respectivamente sería una bala insaciable dispuesta a arrasar con todo.
Probablemente esos porcentajes no se habían ajustado en su interior y era la insultante juventud quien le atacaba en exceso cuando comenzaba una tarea; por ello, representaba un 70% del total la táctica inadecuada. Pero no se cansaría, él resistiría.
Parece que hay mucho incondicionales, qué no haríamos si supiéramos cómo afecta el peso del tiempo, el brotar de las decisiones. Una idea enterrada florecida con fuerza y ganas que acaba siendo un bosque en el que, el día de mañana, uno mira orgulloso por el legado que ha dejado. Eso también es cambio: admitir errores, superarnos cuando el "yo" del pasado fue estúpido y radical.
Admitir que una mujer es capaz de ocupar un puesto sin cuestionarle si es jefa; porque sería absurdo de igual manera cuestionarle si es mujer. Y es que cuando uno tiene claro lo que es no hace falta ni siquiera decirlo. Él lo tenía claro: sus pasos se convertirían en estrellas fotogénicas a las que todo el mundo admiraría y observaría desde abajo.
De nuevo, tampoco hace falta decirlo. Porque los cambios son. La clave es un 80%, 19% y 1%. La clave son las ideas, los ritmos, la fuerza y, especialmente, que el corazón sepa latir.
domingo, 10 de junio de 2018
B&W
Para curarse hay que darle tiempo al tiempo.
Para rendirse, siempre habrá lamento.
Y aquellos que digan una y otra vez un relativo "no puedo" son los que avanzarán sabiendo dónde están sus ganas, dónde arañan sus garras.
Siempre tengo fuerzas para más,
me guardo mis restaurantes favoritos en maps
y aunque no me guste admitirlo,
tiendo a los blancos y negros.
Escucho metal tumbada en la cama
y no me molesta lo clásico en álgidos.
Ten cuidado por si te muerdo el brazo,
me derretiré al buscar tu regazo.
Empiezo escribiendo verso y acabo juntando estas líneas, porque no soy poeta ni mujer, ni humana. No soy nada en un mundo que cambia, la definición de una anarquía monarquizada en la que soy la reina de un país desierto. No necesito un reino, no busco súbditos ni palmaditas en la espalda con desaliento.
Lo bonito de lo aleatorio es que siempre se puede seguir tirando del carro, por un camino u otro no marcado. Lo bueno de tener unos valores firmes es que puedes aplicarlos a cualquier cosa que hagas en la vida. Honestidad, respeto, disciplina y un poco de flexibilidad para construirme.
Porque aunque siempre haya tiempo para curarse, para rendirse, para arañar, morder e incluso para derretirnos de amor entre los brazos de desconocidos, vuelvo a la premisa de que todo cambia excepto los valores sólidos que uno tenga.
Así, cuando todo lo que amas o lo que odias desaparezca y te quedes brillando sola en la inmensidad de un vacío inmenso, te tendrás a ti invariable y con un espíritu puro; llenos de fuerza, llenos de nosotros. Ahí, seguiré buscando mis restaurantes favoritos en google, aplicaré un poco de flexibilidad a mis blancos y negros.
Para rendirse, siempre habrá lamento.
Y aquellos que digan una y otra vez un relativo "no puedo" son los que avanzarán sabiendo dónde están sus ganas, dónde arañan sus garras.
Siempre tengo fuerzas para más,
me guardo mis restaurantes favoritos en maps
y aunque no me guste admitirlo,
tiendo a los blancos y negros.
Escucho metal tumbada en la cama
y no me molesta lo clásico en álgidos.
Ten cuidado por si te muerdo el brazo,
me derretiré al buscar tu regazo.
Empiezo escribiendo verso y acabo juntando estas líneas, porque no soy poeta ni mujer, ni humana. No soy nada en un mundo que cambia, la definición de una anarquía monarquizada en la que soy la reina de un país desierto. No necesito un reino, no busco súbditos ni palmaditas en la espalda con desaliento.
Lo bonito de lo aleatorio es que siempre se puede seguir tirando del carro, por un camino u otro no marcado. Lo bueno de tener unos valores firmes es que puedes aplicarlos a cualquier cosa que hagas en la vida. Honestidad, respeto, disciplina y un poco de flexibilidad para construirme.
Porque aunque siempre haya tiempo para curarse, para rendirse, para arañar, morder e incluso para derretirnos de amor entre los brazos de desconocidos, vuelvo a la premisa de que todo cambia excepto los valores sólidos que uno tenga.
Así, cuando todo lo que amas o lo que odias desaparezca y te quedes brillando sola en la inmensidad de un vacío inmenso, te tendrás a ti invariable y con un espíritu puro; llenos de fuerza, llenos de nosotros. Ahí, seguiré buscando mis restaurantes favoritos en google, aplicaré un poco de flexibilidad a mis blancos y negros.
martes, 8 de mayo de 2018
Un golpe de realidad
Me pidió, con las luces apagadas y los ojos abiertos, que le besara. Me exigió que le abriese el corazón a golpe de verdades, como quien hunde las manos en la tierra para notar el frescor de la naturaleza en sus yemas.
Llena. Me sentí llena. Música, acción y emoción. El envés de la contraportada de un álbum de Bosé. Fue discretamente sincero, de nuevo, golpes de verdad que se traducían en igualdad. A él le gustaba lo incierto y yo encantada de conocer el límite.
Vacía de un propósito claro en ese instante, preferí perder un suspiro que las ganas de quedarme con las ganas.
Fue toda una era de casualidad que bailaba con el azar; tan solo un par de puntos en el infinito que comenzaron a brillar como una estrella a punto de explotar.
No importa si hay números, reacciones químicas o letras detrás, porque lo que hay detrás de los actos a veces no se puede ni explicar. ¿Será que vivir con la espera de explicaciones es fracasar? ¿Cuánto tiempo tarda un sentimiento en salir por entre las grietas de una botella de cristal que estalló y la pegué?
Transportar mis actos de conciencia a lo inconsciente y lanzar al vacío la ley de la gravedad puede no ser lo mejor. Es más, puede que sea incluso lo peor. Pero ahora quiero hacerlo todo un poco más fácil, una inyección antiresponsabilidad y antiataduras. Las cuerdas atan y los clavos ardientes, te queman si te agarras muy fuerte a ellos.
Ya no hay más noches en las que pensar ni escribir, solo vivirlas. Menos mierdas y más amor.
Ya no hay más noches en las que pensar ni escribir, solo vivirlas. Menos mierdas y más amor.
martes, 10 de abril de 2018
Una biblia sin mentiras, ropa interior de magia
Metió un pie en
el agujero del tanga. A continuación hizo lo mismo con el otro. Los gestos eran
tan delicados que la seda bordada en la costura de aquella ropa interior
parecía áspera. Flotaba mientras se lo subía, a penas empujado por la fuerza de
la gravedad invertida. No hubo tiempo perdido mientras se vestía, pero parecía
que este se ralentizaba; te hacía mirar con filtros violetas la vida, la
atracción de las cosas imposibles.
No la querrías
conocer, te atrapaban las alas que le salían en la espalda cuando defendía las
causas justas. Eran alas de color ocre, con las puntas blancas y la base negra.
Especializadas en gestos de supervivencia, reiteradas en suicidios que nunca
sucedían.
Sus caderas
abrían paso a unas curvas que no soportabas sin agarrarte a algo, a su sexo o a
su ombligo. Su pelo rociaba en espiral el surco de su columna. Siempre dado la
vuelta, despeinado, sin origen ni final al que dedicar un susurro de alivio
cuando te rozaba. Simplemente, lo hacía: acariciando tus traumas y olvidando
que la noche sí tiene principio y fin.
Los pechos
tersos, iguales, montañas de versos, valles de lágrimas. Habían experimentado
la lucha a la que toda mujer es sometida. Frágiles, fuentes de vida, cascadas
de deseo para muchos y cada vez más para muchas. El frío seco les hacía
erguirse como quien sube la bandera en tono desafiante. Ahí estaban esos senos
y no se marcharían hasta que, marchitados, cayeran en el olvido de un cuerpo
más; algo perfecto que se pierde en el olvido.
Perecedero sería
el recuerdo de esa hermosa criatura, a veces tan pantera, otras tan diablo. El
signo del sufrimiento intentó quedar tatuado en su piel, pero ella llevaba por
consigna tres palabras de ilusión, la maleta vacía y un par de esquemas que
quería romper con las personas adecuadas. Plata en el interior, estaño que no
reluce. Ni tan bella ni tan completa, lo que uno ve por fuera no era más
relevante que lo que dentro se esconde.
Las mentes
ligeras, las cabezas abiertas, las ideas claras. Perder el control y retomarlo
con el tiempo, con las manos más secas y el espíritu más nutrido. Así debía
ser, nada de bellezas que quedan impunes con el paso del cuento, solo moralejas
que te hacen cambiar en tu paso por el universo.
Andar con
extraños, saber que se iría con cualquier a un rincón antes del fin del mundo,
para evitar ser consciente de que el mundo también se acaba. No es negar el
infinito, solo buscar lo que para cada uno puede significar el paraíso propio.
Un Adán sin su Eva, un león sin melena, una Biblia sin mentiras.
domingo, 31 de diciembre de 2017
2017, muévete pa'lante
Quedan horas para que te acabes y lo
cierto es que no me he atrevido a escribirte antes porque me has dado la vuelta
a la vida, 2017. Empezaste muy mal, rompiéndonos en pedazos a todos antes de
que hubiera pasado ni siquiera un mes de tu llegada. Me resquebrajaste el alma,
con punzones que al clavarse te dicen que eres frágil y que es importante
decirse “te quiero” aunque solo sea en gestos y no tener rencor por nada. Se
han olvidado a qué huele la luna.
Fuimos pasando hojas en blanco, intentando escribir en un
febrero frío lo que ni siquiera habíamos sido capaces de leer. Trajiste alegría
pomposa, me recordabas poco a poco que la amargura estaba siempre, pero solo de
base. Eran días cáusticos, de esos en los que no tienes ganas ni si quiera de
llegar a cualquier otra parte.
En marzo me decías que volviera a sonreír, me llevaste a
Valencia, esa ciudad que me tiene tan enamorada con sus luces, sus fiestas y su
gente. Sudé con un par de asignaturas que veía venir oscuras. En abril, parece
que aburrido de que el sol fuera a salir, me lanzaste un poco contra el suelo,
recordándome, que no hay porqué entender las cosas para que sucedan. Hubo
muchas noches buenas bailando, playa con calor insólito para las fechas con la
suiza de nuevo, un San Cemento con compañía inesperada y, finalmente, un golpe
duro.
Hay cosas que tenemos que pasar, pero con un par de veces es
suficiente para saber que hay capítulos que es mejor cerrar. Intentaste
vaciarme por dentro, de nuevo, ¿cómo no iba a odiarte? ¿Cómo iba a levantarme?
Lo mejor que pude hacer entonces fue decirte que no nos veríamos jamás.
Sin saber cuál era el siguiente paso, llorándole al cristal del
AVE y sin la oportunidad de explicarme, volví al cielo lluvioso de Madrid. Todo
eso, con la abrumadora suerte de tener al jefe a mi lado y a gente que me llevó
a Segovia a comer como si no hubiera mañana, a Toledo por el valle, a reírme
sin que me diera cuenta.
Domingos en familia que se hacían menos malos. Helado de cookies.
Excursión entonces a Montanejos con los de siempre y contenta de ver que
llamaba a la puerta de mi mejor amigo una chica espectacular. Mucho vino en la
montaña, estrellas bajo las que dormimos y verdades como templos que nos unieron
más.
De nuevo, quien importaba ahí. Sin humos. Lo que empezó a ser
decisivo como punto de inflexión fue junio. Solo pretendía arreglar las cosas,
¿o no? Tirar de todo o tirarlo todo. Pero finalmente, pasó sin más
expectativas. Tras un par de mentiras cazadas de mala forma y muy poco tacto,
algo de anfetas y de alcohol. Pisar el norte por primera vez de verdad, en el
punto álgido de quien no quiere volver la vista atrás. Y eso hice, no poner la
vista atrás y seguir.
Sabía la magia que tienen mis pequeños, pero cuando son ellos
mismos, sin ataduras ni miedos, es increíble lo que pueden hacer mis dos
hermanos. “Hay que perdonar” me dijo el tete debajo del castillo de Disney,
sabiendo de una forma que no me explico, que lo necesitaba.
Hasta julio, que decidió ponerse fuerte, trabajar un poco los
fármacos y despedirse desde un fin de semana increíble con, de nuevo, los de
siempre. A veces, alejarse te acerca también. Y eso pasó, me alejé y me
encontré. Adiós. Sino, que se lo pregunten a mi agosto. Ibiza, las olas, el
mar, el sol y la sal, viéndonos de nuevo solos pero más acompañados que nunca,
con el espíritu hinchado de futuro incierto.
Colombia, ya lo sabes, me hacías más falta de la que yo a ti. No
eran tus colores intensos, la gente que ha llegado y que no se va, el contraste
de todo, la lujuria de las noches en Cartagena de Indias, el olor de la fruta
que solo está en la otra punta del mundo. Colombia, tú me elevaste.
Llegaste septiembre, ese mes en el que todos estamos más morenos
y tenemos tantas cosas que contar. Con la canción de la casa azul (su revolución sexual), un mes en el que
subí el ritmo de todo y se fueron las dudas sobre si mi casa sería un templo o
una tumba. Albacete fue la tumba, pero encerrarse en esa feria 24 horas con
personas como ellos no podía salir bien, por supuesto. No hay feria sin beso,
dijimos. Así fue.
Las fiestas de Villa, que siempre traen confusiones y tierra en
los zapatos, se volvieron generosas y cargadas de nuevas experiencias.
Miradores, un monólogo, Barry Seal, luna llena en octubre, jamón y queso,
Zombie Bar, Biocultura, bolera, un palet que decoré con el patacón y las
coordenadas de Cala Saona…pero antes de todo eso, sigamos con octubre.
Stand by me es la canción que debería sonar para
describirte, octubre. Quizá porque no sabemos rimas poco groseras con
“Logroño”, porque hay personas con las que te dices todo con la mirada aunque
discutas por un número 56-57, porque la apatía nunca fue tan divertida si es al
lado de la persona con la que comes chocolate en un parque. Porque la oscuridad
que tiene la señorita Del Ramo, me ha iluminado todo el año. En tres días nos
hicimos muchos kilómetros se pelea gastronómica, paisajes con fotos que no
acababan de cuajar y dolor en el abdomen de reírme. Fue interesante volver a la
tierra roja sin que latiese allí el vino que tanto me gusta, pero es uno de los
muchos cambios que teníamos que experimentar para crecer.
Noviembre… ¿qué has hecho conmigo? Ni me he enterado de que has
pasado tan rápido y es que cuando uno está a gusto realmente no se para a
dosificar el tiempo. Pasé por Sotillo al principio con el calor de las brasas y
semanas después estaba el sol del sur calentándome cerca de una noria a pie del
mar. Debo decir que, de nuevo, alejarse te aleja también. La H fue muda con la
liga de la justicia, cosas mías supongo. Sin embargo y aunque no todo saliese como
quería, está bien ser valiente y decir lo que uno siente, por aquello de no
quedarse con las ganas.
Y, como a todo el mundo le llega su San Martín, no se olvidó el
Karma de una persona excepcionalmente importante. Fuera como fuese, noviembre
acabó de recordarme la importancia de trabajar como el que más y he tenido la
suerte de que me han puesto en el frente al mejor ejemplo de ello. Hubo
proyectos de cortos que grabaremos en breves, de verdad.
Diciembre, tan mío. Celebraciones, amigos, familia, exámenes. Tú
no sueles traer tantas sorpresas como este año, pero la verdad es que tocaba
poner un broche bonito. “Lo bueno de quererte es que no tengo que entenderte”
nos dijo un libro en “La realidad” con dos cervezas bien frías. Hay que dejar
hueco para los Kämpfer que siguen para adelante con todo aunque la vida les
intente derrumbar, en Alemania, Madrid o en el subsuelo, porque son de ellos de
quienes aprendo que querer de verdad es lo que merece la pena. Muchos
matches y ni tú eres esa rubia ni yo aquel moreno.
En conclusión, se podría decir que quiero que te vayas ya 2017,
muchos altibajos, muchas cosas malas pero también personas, como siempre que
han sabido subir el listón. Hemos viajado, planeado, llorado y reído. Hemos
explotado la capacidad de responder rápido, de saber respetar silencios, de
llevar al límite al cuerpo y de calmar lo de dentro. Tinta en la piel que te
lleva a volar y a que me acompañen siempre mis lobos.
Hoy pienso que si la tendencia sigue ascendente, parece que 2018
va a ser muy buen año. Tengo que decir, que cada segundo tuyo ha
merecido la pena 2017. Muévete pa'lante, arrástrame contigo.
sábado, 16 de diciembre de 2017
Tú, como entidad química
A veces el truco es tan sencillo
como saber decirte “déjate llevar, deja que pase el tiempo”.
No tengas tanta prisa, que los
segundoS corren a la misma velocidad siempre y tú te metes en una carrera cuya
única concursante eres tú; tan ridícula en una competición que jamás se puede
ganar.
Como cuando brotan solas las
palabras y te falta papel para plasmarlas o lanzas a las llamas el lapicero que
te hizo marcar con sangre las notas de un sobre “de las preocupaciones” sin
fondo.
No es cuestión de frustración,
esto trata de liberación. Saber decirse a las mañanas que será un día mejor y
reconfortarse en la cama porque la lección fue tan brusca que hasta el miedo se
acojona.
Dejar que la vida fluya y te
traiga mareas de cabezas que al pensar te enriquecen, dejar de buscar en esquinas
virtuales gente con conexiones que se miden con un número.
Y es que la inspiración, sea
por el examen o por este estado de acción, me hace crecer como las amapolas a
las que juré no temer. Esas cuya droga me cautiva pero no por los opiodes sino
por los colores que aún no he visto más que en cuadros holandeses.
No es lo que necesito, porque
no existe nada en mí que anhele otra vida, otra suerte, otra esperanza. Soy lo
que soy con mi futuro por delante. Disfrutando de las sonrisas, de las aceras
que pisas, del sol que cada día cae y por la noche ilumina valles con los que
te mueres por conocer.
¿No te has enterado? ¿Es que
sigues sin entenderlo? Tú, como entidad química, como rasgo inherente de la
felicidad o recíproco este sentimiento, eres única. Eres la orquestación de
carbono que sabe que los enlaces covalentes también se rompen y destruye la
estabilidad de los grandes 8.
Tú, sin creer en el destino ni
saber lo que vendrá, decidida por corazonadas o decisiones muy pensadas, tú.
Que no te sabes guiar por las estrellas pero sí por las mareas, que mirabas la
luna desde pequeña cautivada por su brillo y no ha pasado de moda esa
admiración tan natural. Tú. Sabes decirte “déjate llevar, deja que pase el
tiempo”.
jueves, 23 de noviembre de 2017
Con M de Marasmo
Agárrame del brazo y miénteme al oído, dime que no puedes, que no quieres, que no te hace falta verme más. Miénteme al oído y dime lo que tus ojos sueltan a gritos. Miénteme al oído. Sé que a la cara no puedes.
Vamos a emborracharnos a mentiras a ver si así se escapa alguna de las verdades que necesitamos decirnos. Como el ángel negro que cuida de tu camino pero a la vez te empuja a que salgas.
Vamos a hacer una obra maestra de puzles que no han encajado, a ver si de una vez y probando tu tacto, podemos formar la M de tu Mediterráneo y mi Madrid.
Debería darme un respiro entre tanta vuelta porque voy a acabar cayendo por las grietas de bocas vacías en vez de escalar hacia una que haga que me duela el alma de reírme.
Debería alejarme por un tiempo de liberaciones impuestas y absurdas. Unas que me llevan a noches divertidas y otras a mañanas arrepentidas. Sintiéndome aquello que no soy, inofensiva y callada.
Que hace poco me he tatuado un lobo de los solitarios, de los que son valientes, de los que persiguen lo que quieren (y lo que les destruye) para enfrentarse cara a cara con la realidad. Y eso quiero, un golpe de realidad, pero de los que duelen. No de esa que se dice con boca pequeña porque da vértigo quererse.
Marasmo, la suspensión, paralización, inmovilización, en lo moral y en lo físico. Con M de Marasmo.
miércoles, 18 de octubre de 2017
Hay gente que te cambia la vida
Hay gente que te cambia la vida. Ellos ni siquiera lo saben.
No sé si soy yo que me quedo con frases que me dicen, pero sí, hay palabras que dichas en el momento y circunstancia adecuada, te cambian.
A veces te curan y otras te matan, una charla intencionada o tomando algo con amigos. Sin embargo, todas me llevan donde estoy, a una evolución que intento que sea a mejor.
Don Martín me dijo con 9 años que aprendiera a escuchar, que ser más analítico te abre opciones ante el mundo de escoger las mejores puertas. Ese año, empecé a escribir y mi primera redacción fue sobre el brillo intermitente de las estrellas que se veían desde casa. Por esas mismas fechas, me aficioné a ver la luna llena cada mes.
Mi amigo Cristian soltó un comentario que estoy segura que fue algo trivial pero esas palabras se me quedaron marcadas a fuego "tómate la vida con más calma"; y en una mala racha como esa fue el mantra que me repetí. Un último ejemplo fue Violeta la caústica una tarde en la villa. Me dio un abrazo al despedirnos y me dijo "sigue siendo el torbellino, ese punto de acidez que tienes le gusta a los que merecen la pena".
Habrá mucha gente que no sepa nunca el cambio que ha supuesto en nuestras vidas, tal vez porque hasta pasado un tiempo tampoco seremos capaces de haberlo visto nosotros. Solo sé que hay que seguir quedándose con los momentos para aprender a mirar al mundo a la cara y que tengamos esa chispa que, sencillamente, te hará diferente.
No sé si soy yo que me quedo con frases que me dicen, pero sí, hay palabras que dichas en el momento y circunstancia adecuada, te cambian.
A veces te curan y otras te matan, una charla intencionada o tomando algo con amigos. Sin embargo, todas me llevan donde estoy, a una evolución que intento que sea a mejor.
Don Martín me dijo con 9 años que aprendiera a escuchar, que ser más analítico te abre opciones ante el mundo de escoger las mejores puertas. Ese año, empecé a escribir y mi primera redacción fue sobre el brillo intermitente de las estrellas que se veían desde casa. Por esas mismas fechas, me aficioné a ver la luna llena cada mes.
Mi amigo Cristian soltó un comentario que estoy segura que fue algo trivial pero esas palabras se me quedaron marcadas a fuego "tómate la vida con más calma"; y en una mala racha como esa fue el mantra que me repetí. Un último ejemplo fue Violeta la caústica una tarde en la villa. Me dio un abrazo al despedirnos y me dijo "sigue siendo el torbellino, ese punto de acidez que tienes le gusta a los que merecen la pena".
Habrá mucha gente que no sepa nunca el cambio que ha supuesto en nuestras vidas, tal vez porque hasta pasado un tiempo tampoco seremos capaces de haberlo visto nosotros. Solo sé que hay que seguir quedándose con los momentos para aprender a mirar al mundo a la cara y que tengamos esa chispa que, sencillamente, te hará diferente.
domingo, 1 de octubre de 2017
Una manzana y un libro
Preguntándose en una tarde de domingo, ¿cómo se puede ir más despacio? ¿ Qué implicaba frenar?
Y las aceras hacían ruido pero cada vez que miraba hacia arriba, el volumen de la escena se limitaba a las risas de los transeúntes. Diferenciando el ambiente y sus ganas de quedarse en él, bajó hasta tropezarse con una losa de plaza. Le salió una carcajada. Allí sentía paz, risa, juego. Éxtasis.
Subió la calle con media manzana en la mano y la otra media devorada con soltura, moviéndose con ligereza entre la gente que paseaba casi tan distraída como ella. Miraba con vigilancia complaciente, como quien es descubridor en una novela, como un tío vivo cuando ha acabado de girar. Compró un par de libros, le regalaron otro.
La hora de la elección fue tan sencilla como recorrer con los dedos las portadas de unos cuantos, evaluando su rigidez, su edad, lo vividos que habían estado, los daños que otras manos les habían inflingido, lo que sus título le hacían imaginar. Todo esto sin leer el resumen. No quería saber el contenido, solo sensaciones, no tenía prisa.
Cuando el librero se acercó a la isleta donde estaba, y ya con las dos novelas en la mano, le dijo que la elección había sido buena. También le preguntó si había visto la película que se había hecho de uno de ellos. Ella negó. Y hablaron, y discutieron de literatura. Y las arrugas de él se fundieron en la tersa juventud de su piel, siendo testigos de la felicidad de ser desconocidos cuyo arte en común es la literatura.
Se sintió sin embargo mucho más obligada a mantener una conversación con aquel chico, mucho más de edad, que se le había cercado cuando se sentó a disfrutar de las primeras frases de una de las recientes adquisiciones.
La manzana le había dejado las manos pegajosas, pero no le importaba. Sentía frío en las piernas, pero le reconfortaba su jersey. Tenía muchas cosas en las que invertir horas, pero estaba disfrutando del momento. Incluso el olor a tabaco que salía de la mujer sentada a su derecha con un chiguagua y un bollo de crema no le parecía tan desagradable esa tarde.
Solo había alguien con quien quería estar; ella misma. Y por eso empezó a leer:
"Cambios de vida, de ritmos, de aire.
Cambios de luces, de apologías, de cruces.
Cambios de miedos, de aficiones, de trenes.
Cambios de filtros, reposición de esperanza."
Miró de nuevo al cielo, mucho más oscuro pero igual de carismático y se dijo que aquello del momento adecuado y el lugar indicado era simplemente un conjunto de casualidades: palabras escritas hace tiempo que ahora se adaptaban a su situación, una manzana sin granular y la sabiduría de quien lleva años vendiendo historias.
Y las aceras hacían ruido pero cada vez que miraba hacia arriba, el volumen de la escena se limitaba a las risas de los transeúntes. Diferenciando el ambiente y sus ganas de quedarse en él, bajó hasta tropezarse con una losa de plaza. Le salió una carcajada. Allí sentía paz, risa, juego. Éxtasis.
Subió la calle con media manzana en la mano y la otra media devorada con soltura, moviéndose con ligereza entre la gente que paseaba casi tan distraída como ella. Miraba con vigilancia complaciente, como quien es descubridor en una novela, como un tío vivo cuando ha acabado de girar. Compró un par de libros, le regalaron otro.
La hora de la elección fue tan sencilla como recorrer con los dedos las portadas de unos cuantos, evaluando su rigidez, su edad, lo vividos que habían estado, los daños que otras manos les habían inflingido, lo que sus título le hacían imaginar. Todo esto sin leer el resumen. No quería saber el contenido, solo sensaciones, no tenía prisa.
Cuando el librero se acercó a la isleta donde estaba, y ya con las dos novelas en la mano, le dijo que la elección había sido buena. También le preguntó si había visto la película que se había hecho de uno de ellos. Ella negó. Y hablaron, y discutieron de literatura. Y las arrugas de él se fundieron en la tersa juventud de su piel, siendo testigos de la felicidad de ser desconocidos cuyo arte en común es la literatura.
Se sintió sin embargo mucho más obligada a mantener una conversación con aquel chico, mucho más de edad, que se le había cercado cuando se sentó a disfrutar de las primeras frases de una de las recientes adquisiciones.
La manzana le había dejado las manos pegajosas, pero no le importaba. Sentía frío en las piernas, pero le reconfortaba su jersey. Tenía muchas cosas en las que invertir horas, pero estaba disfrutando del momento. Incluso el olor a tabaco que salía de la mujer sentada a su derecha con un chiguagua y un bollo de crema no le parecía tan desagradable esa tarde.
Solo había alguien con quien quería estar; ella misma. Y por eso empezó a leer:
"Cambios de vida, de ritmos, de aire.
Cambios de luces, de apologías, de cruces.
Cambios de miedos, de aficiones, de trenes.
Cambios de filtros, reposición de esperanza."
Miró de nuevo al cielo, mucho más oscuro pero igual de carismático y se dijo que aquello del momento adecuado y el lugar indicado era simplemente un conjunto de casualidades: palabras escritas hace tiempo que ahora se adaptaban a su situación, una manzana sin granular y la sabiduría de quien lleva años vendiendo historias.
martes, 29 de agosto de 2017
In.Conformista
No sé si es que no tienes nada que contar o soy yo la que ha querido dejar de escuchar.
Si de verdad no es suficiente o soy yo la que ha decidido que lo poco no le vale.
No sé si son esos gestos que ya no tenías o es que me bebía hasta el último trago de tu aliento.
Si de verdad sólo veía que esa forma de actuar hacía que dejase de querer volar.
Y no es justo para nadie,
que no tengas, que te sienta,
que me invente que hago pellas,
que me enfade y que me marche,
que te riñas y te escapes.
No, eso no era justo pero escucha, ¿entiendes? Es desde la distancia algo nuevo, que siempre estuvo ahí. Es a gritos una ilusión, la punta del iceberg, la entrada a un camino. Son las noches largas que me esperan bailando por ahí, sola o con otros, incluso con otras. Son las ganas de rogar que no pare nada, que aumente la velocidad, que se rompa el hilo y que no pensemos antes de hablar.
Esto empieza, solo quiero avisar de que ya no importa lo que me lleve por delante, porque lo poco ya no me vale, porque quiero volar. ¿Quién lleva las riendas ahora?
lunes, 10 de julio de 2017
Pero en serio, ¿me enseñas?
En serio, ¿me enseñas?
¿Cómo enseñar lo que uno siente, lo que uno llora, lo que uno decide ocultar o callar? Para que muera y se extinga como la cerilla que jamás llega a arder.
Si pudiera entender cómo torturar a un espíritu sin alma, ahogar a un pez que nada o crear el aroma a libro nuevo. Si pudiera saber de qué estamos hechos, más allá de los campos de ciencia y de lo paranormal, de la anatomía y lo místico, de la furia y el sexo. Algo centrado en la capacidad de distinguir qué es bueno o malo e introducir una cuarta dimensión temporal a esa paradoja. Porque, ¿cómo explicarlo? ¿cómo se acaba callado?
Ser el más duro de la manada, el líder del que emanan las decisiones de manera continua y que sabe que hasta el hielo calienta y que en el odio hay amor. El que se sujeta a lo más alto cuando sabe que montañas más grandes han caído, pensando, evitando y temiendo en la espera.
El conductor de la sangre que fluye en las arterias y que es, una vez más, algo que sobrepasa lo mundano. Algo que se explica con lo que no se ve, con lo mejor que está enterrado en uno mismo.
Yo no sé lo que es, no sé como se explica, no quiero pensar cuándo me calentará este hielo ni dónde encontrar el amor en tanto odio. Yo no lo sé, pero en serio, ¿me enseñas?
miércoles, 3 de mayo de 2017
Primer domingo, mes cualquiera.
Ya no quiero
ni hacerme comprender.
Ni hacer de buena o de mala,
ni ser la triste chica que está perdida,
acostumbrada a perder.
Dicen que lo más interesante está en los límites,
en la adrenalina del segundo,
ese que estalla valiente
previo al peligro.
Porque ya no tengo miedo.
¿Qué más da lo que piense la gente?
Si por cada minuto que se pierde
está celoso el misterio porque no lo eliges.
Ya no quiero avisos, ni preámbulos, ni traiciones.
Solo pretendo olvidarme de ese “no vuelvas”;
que incapaz de nombrarte retumba en mi cabeza
y me impide ver que el mundo no se acaba.
Uno de caricias, de abrazos,
de alegrías y de llantos.
Ese en el que los hombres mueren y se desgastan
cuando luchan contra su propia suerte.
Porque ya no tengo miedo.
¿Qué más da lo que piense la gente?
Si por cada minuto que se pierde
está rabiosa la vida porque no la sigues.
Date cuenta, mi reina,
que lo correcto está en cada uno,
en cada uno la decisión de entereza
y en la entereza quitarse lo que pesa.
Y antes de marcharme,
antes de reírme del vacío de tu soledad,
te dejaré triste entre las manos
poesía en versos rotos de tu potrillo alado.
Porque ya no tengo miedo.
¿Qué más da lo que piense la gente?
Si por cada minuto que se pierde
está esperando orgulloso el destino.
Mis lobos te estarán siguiendo.
No es una amenaza ni una advertencia,
son los que me van a ayudar a tener paciencia,
a dejar que te marches pero teniéndote en cuenta.
Para que, cuando decidas volver,
te muerdan, desgarren y echen al fondo,
que si a las personas buenas les pasan cosas buenas,
nos pase lo mejor a todos (o lo que te merezcas).
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