Miro a mi alrededor y veo los colores derramados sobre el suelo y las paredes, pequeños destellos que desafían el verde que domina mi casa. Rosas, amarillos, naranjas, verdes. Se mueven constantemente, cambian con la luz y convierten las habitaciones en algo parecido a una fantasía. Y resulta curioso porque, si cierro los ojos, siento exactamente lo mismo por dentro. Es bonito ver el entorno brillar de una manera que, de algún modo, se parece a cómo está brillando ahora mi espíritu.
La última vez que propagé plantas ya había más de cincuenta en casa. Cada vez que corto una hoja, relleno el fertilizante, pulverizo agua, les doy luz o las riego con cuidado, algo sucede en silencio bajo la tierra. Las raíces avanzan. Se dividen, buscan espacio, se aferran a lo que encuentran. Me pregunto cuántos kilómetros de raíces habrá en esta casa. Me gusta pensar que estoy rodeada de toda esa vida invisible, que mientras yo hago otras cosas hay algo creciendo lentamente debajo de cada maceta. De alguna manera, cuidar plantas es ayudar a que la vida se abra paso y, al mismo tiempo, convertirse en espectadora del tiempo.
Y, sin embargo, mientras ayudo a tantas cosas a echar raíces, hay una parte de mí que todavía no quiere hacerlo. Aunque otra ya las ha echado. Es la parte que reconoce el aire de San Diego en cuanto se abren las puertas del aeropuerto y piensa: estoy en casa. La que mira por la ventanilla del avión mientras el suelo se acerca durante el descenso y siente algo parecido al alivio. Pero existe también otra parte que quiere aventura, que fantasea con mudarse a las Carolinas con Kobe y aprender a tocar el ukelele simplemente porque sí. Supongo que estoy aprendiendo a no obligar a ninguna de las dos a ganar.
Estoy encontrando un equilibrio bonito dentro de este ritmo que mucha gente probablemente llamaría poco sano. Este ritmo insano de querer comerme los meses como si fueran minutos, de beberme años luz con la misma prisa con la que últimamente me bebo las experiencias. Quizá no se trate de elegir entre echar raíces o seguir moviéndome. Quizá algunas raíces no sirven para inmovilizarte, sino para recordarte desde dónde estás creciendo.
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