jueves, 5 de noviembre de 2026

SPN. Starve the fucking ego and feed your soul.

 Agua congelada cubre el techo de tu templo. Agua que no se mueve, burlándose de la entropía y diciéndole al tiempo que a ella le dan igual sus minutos. Cada día más orgullosa de sí misma, el agua congelada permaneció estancada, sabiendo que algún día saldría el sol y la dejaría correr libre, para hacer lo que mejor sabe hacer: regar de vida todo cuanto la rodea.

Un fuego. El calor de esa chispa que, de repente, recuperas. Un mensaje de cariño de alguien a quien hace mucho que no ves, pero que te dice que le inspiras. Porque ve cómo te desprendes de lo que sobra, cómo recortas los retales de aquello que imaginas como tu realidad. Y esas piezas empiezan a coserse solas cuando ya no queda nada entre medias que las separe. Cuando estás tan unida a tu espíritu que, al mirar al cielo, ya no tienes que acordarte de despegar la lengua del paladar ni de dejar de fruncir el ceño. Porque mirar hacia arriba vuelve a ser algo natural. Haya nubes, un cielo despejado o los tonos anaranjados de un atardecer que, ahora en invierno, parece tener siempre demasiada prisa.

Hace mucho que saqué mis cosas al frío, sacudí el polvo y recogí todo lo que era mío. Y ahora, por fin, lo he empaquetado y desplegado en un espacio que habría sido incompatible con mi realidad pasada. A veces siento que he tenido muchas oportunidades de empezar de nuevo. Y es cierto. Pero tener la oportunidad de empezar de nuevo no significa que todas las vidas posibles puedan existir al mismo tiempo. Hay realidades que, para nacer, necesitan que otras dejen de existir. Esta magia, estas paredes, esta versión de quien soy aquí, jamás habrían existido con él. No habría podido escuchar a los pájaros cantar por las mañanas. Pero qué bien que ya no haya gritos. No habría podido pintar la cocina de ese Cilantro Lime tan ostentoso que, comparado con el rosa Ballerina Tutu del baño, casi parece discreto. No habría florecido el mandarino. Kobe habría seguido asustado. Y me habrías seguido haciendo creer que era tan pequeña que solo podía caber dentro de tu armadura. Cuando, hermano, si tú supieras que a estas alas ni el viento les dice hacia dónde volar.

Un fuego. El calor de una chispa que sé que, ahora que ha vuelto a nacer, no morirá nunca. Porque dentro de mí hay una fábrica infinita de recursos. Y ahora lo sé. Sobre todo después de entender, de verdad, lo importante que es vivir de dentro hacia fuera y no al revés. De dejar que sea lo que soy lo que construya mi mundo, y no permitir que el mundo, ni nadie dentro de él, decida quién tengo que ser.

Cómo pude dejarte tanto de mí que terminé por no reconocerme. Cómo puedes vivir sabiendo lo que me has hecho. Pero ahí está la cuestión: lo que hacemos nos sigue. Lo que hemos hecho nos acompaña. Aunque cambiemos de casa, de piel o de vida. The joke is on you. Porque si ahora paso horas mirándome en todos los espejos que soy capaz de encontrar para mi casa, ojalá supieras cuántas horas más paso intentando cultivar la mejor versión de mí misma. Por mí. Para mí. Para los demás. Para ahora y para después. Y esta vez, todo lo que crezca será mío.

Porque ahora el agua brota de verdad. Y ¿sabes qué? Me has hecho el regalo de romperme. De abrir grietas tan profundas que el agua congelada encontró por fin un lugar por el que escapar. Y ahora que el hielo se derrite, que el agua se vierte, que la presión se libera, que explote. Que reviente las paredes de aquel templo que durante tanto tiempo confundí con un refugio. Porque esas grietas no desaparecerán. Se convertirán en cicatrices. Y cada una de ellas será el recordatorio de algo que no volveré a permitir jamás. Lo cual es obvio, ¿no? ¿Quién querría perderse para tener que encontrarse de nuevo, esta vez cubierta de heridas? ¿Quién elegiría aprender a levantarse porque ya no le queda más abajo al que caer? ¿Quién querría que el motivo de su ascenso fuera simplemente haber tocado fondo? Pero ya no estamos ahí.

Ahora vuelo, cielo.

Y tú puedes seguir buscando la paz en cada una de las mil olas que cojas. Puedes remar hasta quedarte sin aliento, perseguir el horizonte, levantarte una y otra vez sobre tu tabla y convencerte de que, esta vez sí, has aprendido a dominar el océano. Pero seguirás cayéndote mientras confundas mantenerte en pie con tener el control. Porque el océano que intentas dominar posee toda la seguridad que a ti te falta. No necesita demostrar su fuerza, ni inventarse una identidad para merecer respeto. No necesita mentir sobre lo que es ni presionar a nadie para que crea que sus aguas son distintas de las que tiene delante. El océano dice la verdad incluso cuando rompe. No se disculpa por su profundidad. No negocia con el viento para parecer más tranquilo. No promete ser una cosa mientras hace otra. Y, sobre todo, nunca se detiene por miedo a su propia fuerza.

Tú, que tanto quisiste convencerme de que la realidad era otra, de que debía desconfiar de mis ojos, de mis sentimientos, de mi propia interpretación del mundo. Resulta que tus estándares morales eran la mayor de tus mentiras. Un listón que exigías a los demás y al que tú mismo nunca llegabas. Reglas que utilizabas como armadura para proteger un ego demasiado pequeño para sostener el peso de tus propias contradicciones. Y qué ironía, que intentaras hacerme pequeña para que cupiera dentro de algo tan diminuto. Pero ya no tengo que hacerme pequeña. Ya no tengo que congelarme para sobrevivir. Ya no tengo que confundir la inmovilidad con la paz. Ahora soy el agua que corre, el fuego que arde y las alas que no piden permiso. Y mientras tú sigues esperando la ola que por fin te enseñe quién eres, yo ya no necesito que ningún océano me sostenga.

Learn to starve the fucking ego and feed your soul.


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