sábado, 7 de junio de 2014

Castigo emocional

Somos seres automutilados. Nos hacemos daño constantemente con tan solo la fluidez de nuestros pensamientos. Nos destruimos interiormente creando situaciones que ni por asomo tienen porqué suceder. Nos torturamos con preguntas que nos acaban acechando incluso en nuestros sueños; tan solo por una burda imagen ficticia.


Complejos o no, los seres humanos no aprenderemos a despejar la cabeza. Puedes entrenarte, repetirte una y otra vez que es mentira, intentar dejarte llevar, tener fe, no pensar en los problemas y solucionarlos una vez los tienes delante; pero nadie puede resistir a esa especie de castigo autoimpuesto cuando las cosas nos duelen de verdad.

Vaya, ¿será pesimismo? ¿Un poco de decadencia gratuita y pérdida de esperanza por la sociedad? Es posible. Solo sé que esto no sirve de nada. Así que lo mejor será evitar hacer daño y que te lo hagan, sin imaginar constantemente esas hipótesis torturadoras ante las que nos quedamos paralizados como espantapájaros y fantoches bajo el sol.


viernes, 6 de junio de 2014

Hola, soy tú.

Hola, soy el deseo
Vengo para enseñarte a que te relajes, a que te mires al espejo y te digas lo sexy que eres. Vamos, coge el pintalabios rojo y haz que esos preciosos labios despierten las miradas hasta de los menos curiosos.

Hola, soy el amor.
Llamaba a tu puerta para llevarte a dar largos paseos, remar juntos toda una tarde en algún lago perdido. Para que pasásemos veladas en tu cama con tarrinas de helado como menú y caricias infinitas como postre.

Hola, soy el detalle.
¿Te interesa un ramo de rosas? ¿Tal vez una nota en la que te diga que me muero por volver a verte y que aún sigo en el portal esperando a que salgas a abrazarme?

Hola, soy la esperanza.
Solo me apetecía que supieras que de los peores finales surgen nuevos comienzos. Que por cada pensamiento negativo busques tres positivos. Que te enteres de una vez de que si no estuviesen los días grises no valoraríamos tanto aquellos en los que brilla el sol.

Hola, soy la tristeza.
Espero pasarme poco por aquí, no eres de las que se merecen llorar. No te mereces que te machaquen el corazón y como veo que has aprendido a ser más fuerte y valiente que tus enemigos internos, aquí estoy de más.

Hola, soy el miedo.
Tal vez aún no te hayas dado cuenta, pero me tienes más presente de lo que deberías y tengo otras tareas que cumplir. Sé que a veces vengo bien pero eh, tienes que convertir tu vida en una aventura y estas solo lo son cuando tienen pinceladas de mí; si no, sólo serían una anécdota más.

Hola, soy los nervios.
Me voy a tomar unos días de vacaciones, que no te siente mal, pero es que no puedo soportar ver todos los días a tu Templanza. Ella se pasea pavoneante, exhibiéndose con asombrosa chulería y yo...yo ya no tengo cabida.

Hola, soy la risa.
No te olvides de cogerme cuando salgas de casa y guardarme en la boca o en el alma. Si se te olvida algo, que sean las llaves, pero nunca sonreír.

Hola, soy poesía.
Voy a llover todos los días e intentaré que me veas de colores, brillante, con matices de espeso clamor a la felicidad y losas inmensas de confianza. Créame en cada esquina, estoy hasta en el suelo que pisas, en el compás de los relojes, en cada día y cada noche.

Hola, soy venganza.
No sé ni qué haces planteándome en tu vida. Perdona a quien te haga daño y si es insistente...ya sabes que no te conviene mantener en tu vida a personas que no aportan cosas buenas.

Hola, soy la ignorancia.
Lee, investiga, escucha, calla y habla cuando sea necesario. Opina, ten criterio. No te quedes detrás de un muro de cosas inservibles y aprende a cultivarte.

Hola, soy tu instinto.
No me tengas abandonado en el baúl de los recuerdos. Sácame de vez en cuando y que me de el aire. Es importante entrenarme día a día para que podamos comernos el mundo.

Hola, soy la vergüenza
No te tapes, no te escondas, no huyas. Enfréntate al dolor y a lo que te "joda". Sí, sí, lo puedes decir tan alto como quieras "¡ESTO ME JODE!". Ahora tienes que arreglarlo para que no te moleste. Pero eh, no te ofusques en eso ni te quejes continuamente. Si no cambias las cosas es porque no quieres.

Hola, soy esfuerzo
Solo decirte que creo en ti y que tu fuerza de voluntad y yo estamos orgullosos. El primer paso es la mitad del camino.



martes, 3 de junio de 2014

Se me ha olvidado

Tal vez sea que me he olvidado de cómo es estar tan a gusto con alguien que te apetezca comértelo a besos continuamente. Ese debe de ser el motivo por el cual al caminar por el parque veo personas cogidas de la mano y no corazones palpitantes. También, de que al escuchar una canción no me acuerde del rostro, ni del olor, ni de la mirada de nadie. Puede ser que sea, por otro lado, la razón por la que mi vida es más estática, sin altibajos ni peleas ni discusiones que hacen que te hierva la sangre.

Pero la locura es como el amor, solo necesita de un empujón; y a mí siempre me tomaron por loca. No puede ser de otra forma y sé que me enamoraré. Acabaré ilusionada cuando encuentre a alguien y después de un tiempo a su lado sienta el imparable mismo cosquilleo cada vez que me besa. Creeré que esas palabras de amor que se dicen los personajes de una peli cursi es lo que sentimos el uno por el otro.

Y entonces, la monotonía desaparecerá de mi mundo como quien aniquila un molesto insecto, sin dejar pruebas ni recuerdo.

Y entonces, podré decir que la gravedad nos empuja a todos pero no por igual; pues los enamorados que flotan están sometidos a una presión mayor que el resto de mortales.

Y entonces, lloraré cuando me partan el corazón y no seré yo la culpable de asestar estacadas a palpitantes seres ajenos a mi felicidad.

sábado, 31 de mayo de 2014

You found me

Me encontraste. Me encontraste a punto de asfixiarme, de ahogarme entre combustiones ajenas, de caer en el olvido y ser rodeada por hiedra negra. ¿Dónde estabas cuando mis huesos se rompían? ¿Dónde estabas cuando las primaveras se marchitaban?

No importa, ahora estás aquí. Desperté del gélido hielo y mis pestañas, aún cubiertas por inexorables copos de nieve, se deslizaron entre las notas musicales de tu mirada. Alargaste la mano y esa energía tan propia de los últimos rayos de sol ardió en mí. ¿Dónde estabas cuando me clavaban mil cuchillos? ¿Donde estabas cuando todo era sombrío?

Aparecer en medio de esa gigante pradera verde, solo contigo, con tus ojos azules y tu cabello rizado haciendo caracoles por la frente. ¿Eres real? Corres y pareces esculpido en el bloque marmóreo más perfecto del universo. Sonríes y las estrellas envidian el brillo de tus dientes. ¿Dónde estabas cuando se me olvidó el significado de la palabra "belleza"? ¿Dónde estabas cuando no sabía a dónde ir?

Y cuando me besas, el mundo vuelve a ser como antes, con tiempo que se pasa rápido, buenas noches de caramelo y sábanas blancas. Y cuando me agarras de la cintura parece que volvemos allí, a ese hielo que me tenía encerrada, porque siento tanta seguridad que cuando me sueltas me quedo indefensa. Pero la realidad es que sigues protegiéndome, mi héroe de otoño, mi príncipe de color del arco iris. 


Sabes salvar vidas, sabes hacerme sentir, sabes que podrías seguir incansable hasta encontrarme, sabes que seguiría escondiéndome si fuera tan maravilloso redescubrirte. Hazme el amor como lo haces todo, con paciencia y cariño. Quítame las medias con fuerza y diviértete haciendo carreras en ellas. Hazme esperar. Deslízate por los surcos de mi espalda. Muérdeme flojito las orejas y cuenta los lunares de mi cuerpo. Haz que la noche se acabe con una sonrisa en mi boca y gritos ahogados flotando en el aire. 


Me encontraste. Me encontré.

miércoles, 28 de mayo de 2014

9.9

Los que me conocéis sabéis lo mucho que me gusta esta foto. ¿Por qué? Supongo que será, además de la persona que me lo enseñó que lo quiero muchísimo, porque me ha dado ánimos. Curiosamente, aparecía en mi escritorio o en mi móvil cuando las cosas no iban bien y me ha sacado de ese estado mental de vacío y soledad que, estúpida y frecuentemente, sentimos. 
Libertad. También será que me transmite eso. Ilusión y descanso después del trabajo bien hecho. Incertidumbre por un camino que queda por recorrer.

Hoy, cierro una etapa. Bajo la persiana a Bachillerato para enfrentarme a Selectividad y después...bueno, después empieza la verdadera aventura. Si supierais cómo lo pasé al final de 1º de Bachillerato...con un puñetero bulto en el ovario que no sabía cuándo me iban a operar, con presión por la nota, con un lío en la cabeza y en el corazón imposible de enlazar de forma correcta en mi vida. Empecé 2º con muchas ganas, sin el bulto, con las ideas bien claras y más valiente que nunca. ¿Sabéis qué? Ha pasado muy rápido, más de lo que me hubiera gustado. Porque ha sido más difícil, duro e intenso que 1º Bach, pero me lo he pasado tan bien, he aprendido de verdad valores, he conocido mejor a personas increíbles, he vivido meses alucinantes de estrés y estudio, me he demostrado a mí misma que puedo con lo que me echen y más, que soy una leona, que siempre se puede tensar un poco más la cuerda y que no se va a romper porque soy capaz de eso y más. 

También sé que trabajo mejor bajo presión y que los nervios no me traicionan (al menos por el momento), pero que la vida está para disfrutarla y que detenerte para preguntarte qué narices haces te salva de más de un error. Con una media de 9,9 me voy a despedir hoy del mundo. Siendo feliz, sonriendo, disfrutando de las vistas, pensando en todo lo que el camino tiene por ofrecerme y sobretodo sabiendo que me voy a lanzar sin miedo ninguno.

I'll be OK, not just TODAY, Dezba.



domingo, 25 de mayo de 2014

El bosque del espejo

Un sabor dulce que desconcentre. Un sol ardiente al que duela mirar. Una mañana gris en la que quedarme en la cama. Las ganas de inventar que acaban en explosiones de colores. Que el calendario me recuerde una cita importante y que el viento se lleve mis aspiraciones de ir a donde sea.

Este paseo que no acaba nunca. Las manos tan puras como una azucena naranja que recién ha florecido en medio de un perturbado jardín negro. Sigo caminando, por un camino incierto en el que las espinas brotan del suelo y pretenden atravesarme los pies. La sangre brota y oscurece de rojo carmín este camisón blanco que no recuerdo de donde salió. Solo sé que tengo frío y me duele; hay algo que me duele.
Creo que lo comprendo…estoy en un bosque lleno de niebla. Tal vez esto sea mi interior, mi mundo, la parte de mí que lleva gritando desconsoladamente que le preste atención porque las cosas no van bien y que, ignorada, me ha atrapado para no dejarme salir hasta que no encuentre la paz. Está bien…caminemos.

Empieza a oler a metal. Pronto me doy cuenta de que estoy sangrando realmente. Pero no me duele nada, no. Esto debe de ser todas aquellas veces en las que me callo las cosas, en las que reprimo lo que pienso para que no duela…pero lo cierto es que no se puede ocultar el dolor y acaba brotando descontroladamente para avisarnos de que nos pudrimos.

Este frío empieza a calarme los huesos. No lo soporto. No soporto que las cosas persistan tanto. En efecto, este frío es el que me indica que tengo que ser más tolerante y resistente; fijarme menos en las tonterías para afrontar las cosas duras. No permitir que nadie que quiera pararme lo consiga.

A pesar de todo ello, prosigo y avanzo. Hay árboles gigantes por todas partes. Sus troncos son gruesos y parece que lleven ahí siglos. Las raíces sobresalen del suelo y me hacen tropezar. Me intento levantar pero caigo de nuevo. Será que tengo que aprender a saltar los problemas para no tropezar dos veces y cometer el mismo error. “Levántate” me digo.

Hay a lo lejos una piedra grande y plana. Voy a acercarme. La rodea hiedra e incontables insectos. Me intento alejar porque el hedor es demasiado insoportable. Hay una pequeña inscripción: “Sácame”. Puedo distinguir el mango de una espada, que brilla bajo la tenue luz de este bosque tan sombrío. Pongo las manos en la empuñadura y con toda la fuerza de la que dispongo, tiro de ella. Me cuesta, no es suficiente. No dudo en pedir ayuda, me pido ayuda a mí misma, al dragón que tengo dentro, al león fuerte que ruge cuando lo necesito y que ha estado dormido hasta el momento. Y entonces: luz, fuego, calor. Como una ola de espuma fresca en el desierto se presentó ante mí una espada capaz de vencer a las más terribles fieras. Sí, hay que sacar fuerzas de uno mismo porque somos tan fuertes como queramos aprender a serlo.

Una vez armada ya no tengo miedo. Podría atrapar un corazón, enfrentarme a mil demonios, subir una montaña y dominar a las bestias del infierno. Pero me falta algo. No sé qué es. Hay alguien más en el bosque. Algo me empuja a acercarme, pero no se gira. Grito, con todas mis fuerzas para que me oiga. Sé su nombre, incluso conozco su rostro a pesar de que esté de espaldas. Soy yo. ¿Por qué no me hace caso? ¿Por qué no aprendemos de nuestra parte oscura? ¿Por qué nos damos la espalda? Se vuelve a oscurecer el bosque, desaparece mi espada y el frío me arrincona de nuevo. Aún queda camino por recorrer, aún quedan huellas que hacer.


Nunca es tarde para conocernos, para encontrar un sabor dulce que desconcentre, para admirar un sol ardiente o meterte en la cama una fría mañana de invierno. Nunca es tarde para permitirnos olvidar citas y permitirnos tiempo a nosotros mismos. Nunca es tarde para entrar en nuestro bosque y tratar de encontrarnos.

Iglús sin primavera

Caricias sin escalofríos,
aire sin contaminar,
cafés que no queman,
una aguja sin pajar.

Iglús sin primavera
que hielan al entrar;
pues no tienen ni tejado
y no hay pista de esquimal.

Relojes sin arena
y desiertos sin sol,
coches fúnebres sin muertos,
domingos con despertador.

Libros vacíos de historias,
besos que se tienen que ocultar,
pues no hay nada tras ellos,
solo sexo en un desván.

Miradas no lascivas
que se pierden al entrar
en laberintos directos
a una puerta sin cerrar.

Ascensores sin botones
que llevan al subsuelo.
Calles sin huecos,
funerales sin entierros.

Cigarros sin ceniza,
pisadas sin huella,
borracheras sin resaca,
vida que no es vida.

Tiempo al tiempo hay que dar
para que nos saque de la paradoja
en la que te encuentras a veces,
sin morir por atardeceres
ni iglús en primavera.

domingo, 18 de mayo de 2014

Dame un Octubre que me sepa a Diciembre

Dame un Octubre que me sepa a Diciembre, cuéntame que no hay otra como yo, que las ondas de mi pelo imperfectas caen con sutileza, que las tierras esconden secretos y el espacio misterios. Otórgame el poder de la sinestesia, ese que hace que me enamore de tu boca y me bañe en el mar de tus ojos. Písame los miedos y las dudas; písamelas para desprenderme de lo que me impide tirarme al vacío.

Aráñame como si fuéramos gatos mojados en el sudor del deseo. Tírame del pelo y muérdeme los labios, pues hace tiempo que ambos sabemos que no estamos para perdernos entre excusas de orgullo.


Pídeme que te ame, que seamos "nuestros". Tráeme el desayuno a la cama...advierto que te lo tiraré encima porque me muero de amor al verte despeinado y haciéndome feliz. Cumplamos algunos tópicos, para que no se diga que somos meros experimentos de un amor no consolidado. Pero seamos los que engendren una bola de nieve de locura, creciente e incansable en la caída por la colina del futuro.


Descríbeme el ángel que parezco cuando me pongo ese vestido que te gusta tanto, pero que soy una diosa mil veces más poderosa cuando, desnuda, me atrapas entre tus manos y me amas en lo más profundo. ¿Qué debo decir? ¿Que no me encanta arreglarme para ti? Te mentiría; adoro que me veas el alma bonita y el corazón rebosante. 

Y si hay un último deseo que pudieras cumplir sería de nuevo regalarme Octubres con sabor a Diciembres, tumbados en el sofá sin hacer nada más que respirarnos hasta expirar en la espiración más maravillosa del mundo. Octubre tras Octubre, Diciembre tras Diciembre.

sábado, 10 de mayo de 2014

Iba a decirte algo bonito y se me adelantó una sonrisa

Iba a decirte algo bonito, pero entonces te presentaste y tú misma dijiste la cosa más bella del mundo: tu nombre. Se me escapó en un instante la primera sonrisa que derroché pensando en ti, como la luz más potente que acaba con un destello fugaz en el momento en el que me llamaste la atención porque me quedé embobado mirando las ondas de tu pelo.

Me imaginé todos los escenarios posibles en los que tener un pretexto para abrazarte. Comenté al viento que quería oler siempre tu perfume para que el delirio se hiciera conmigo cada vez que, en pequeñas dosis, tu fragancia llegase a mi. La danza de tu vestido me demostraba que tenías un pacto con el viento, y se me quedó una espina clavada, pensando que no podría respirarte siempre que quisiera. 

Dicen que nunca llega tarde el gran amor; pero también dicen que el primero es el que más marca. Tienen razón, el gran amor tarda en llegar pero llega y entonces el tiempo se torna relativo y te olvidas de la exasperante búsqueda. Es cierto que esa locura tan propia de las primeras tardes, el primer agarre de mano, de cintura, la primera vez haciendo el amor, estrenar estrellas a su lado cada noche, comprar sonrisas al precio de tan solo una mirada, regalar explosiones de felicidad al mundo si está cerca...todo eso es muy propio del primer amor.

Me susurraste que si no aprendía a volar, perdía el tiempo contigo. Tenías razón, eres de esa clase de chicas que les gusta rozar el cielo, hacen disparates y correr, correr tan alto y tan rápido que dejas atrás a la vida y tú misma te elevas. Nunca me extrañó, pues estuve seguro de que eras un ángel que, afortunadamente para mí, había caído desalado en este mundo.

Y entonces, como siempre, una especie de justicia poética decidió irrumpir en esta burbuja de amor clandestino que teníamos. Resulta que hay que tener cuidado con los miedos, porque les encanta robar sueños. Tan rápido como viniste, te marchaste. Dejando tan solo un hilo de tu sujetador bajo mi almohada y algo de repulsión hacia ti en mi alma. Pero cómo te iba a odiar ni aunque me abandonases...porque cada vez que volvieses sabría que tú eres mi primer amor, mi gran y único primer amor.


miércoles, 7 de mayo de 2014

HUGO CAAMAÑO, CAP. 4: Los colores de una sombra pueden ser maravillosos

Las flores comenzaban a brotar; eso alegraba a la encantadora Paula. Llevaban casados dos años y cinco meses, desde el 23 de octubre de 1990. Fue un día bonito, sin incidentes ni lluvia, en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Valladolid. Estaban de viaje en Santander, disfrutando de la recién llegada primavera. La brisa era suave y elevaba el lacio y brillante pelo de Paula. La había conocido en un congreso de patologías mes y medio después de haber regresado a su ciudad natal y, a pesar de no haber sido un flechazo, ella le rescató del caos en que Hugo había convertido su vida.

Ahora se veía junto a ella, con una amplia casa, con menos manías, más feliz y con futuros planes de hijos. Era una buena vida. Tenían tiempo para viajar y descubrir lugares juntos. Sin embargo, en el interior de Hugo, en su esencia más pura, todavía quedaba algo de color rojo.

Decidieron parar en Santillana del Mar a tomar un café. Era media tarde y empezaba a refrescar. Se sentaron en una terraza sobre suelo empedrado y esperaron a que el camarero les tomara nota. Una vez este se encontró frente a ellos y Hugo abría la boca para coger aire y que de ella salieran las palabras “un cortado”, se quedó perplejo mirando hacia una dirección, y estas cuatro sílabas se ahogaron en lo más profundo de su garganta. Hubo un día en el que juró que jamás había conocido a alguien con tanta magia, capaz de brillar incluso rodeada de gente.
-“Cariño, ¿qué pasa?” murmuró Paula, algo avergonzada. No obtuvo respuesta. Hugo se levantó, tirando hacia atrás la silla torpemente y desapareció entre las callejuelas. –“Póngale un cappuccino, él no es de cortados.”

Es un tópico: los hombres casi nunca olvidan, las mujeres un día dicen se acabó y se acabó; lo peligroso de aquello fue que Lucía era la que había puesto tres puntos suspensivos a la historia…Hugo fue quien borró dos.

La observó: llevaba gafas de sol que escondían sus verdes ojos. Esos cinco años le habían sentado bien, estaba más mayor, más madura. Ya no presentaba la fragilidad de una niña, sino que era la leona que siempre llevó dentro, la leona que amaba la libertad por encima de todo y a la que siempre le fue fiel en cada paso, cada aliento, cada calada y cada sueño.

Parecía distraída buscando un libro en una pequeña y antigua librería. ¿Qué hacía allí? ¿Había sido casualidad? ¿Le habría buscado? El doctor estaba hecho un lío y se fue acercando cada vez más a ella. El mundo pareció pararse cuando Lucía leyó en voz alta la introducción del raído libro que sujetaba en las manos: -“Ojalá llueva hoy y el agua fría se lleve el sabor amargo de esta pesadumbre causada por el vacío de tus besos”. Qué adecuado, ¿no crees Hugo?

Puñaladas en el corazón cuando escuchó su nombre de la boca de Lucía.                                       –Para sanar una herida debes dejar de tocarla, te lo dice un médico. ¿Qué haces aquí? -Tranquilo, no te espío. Ni siquiera sabía que estabas con alguien, os he visto cuando he pasado por las cafeterías y he intentado que no me reconocieras poniéndome las gafas. He venido porque necesitaba hacer un viaje, las cosas no han sido fáciles y ya sabes cómo es el pueblo. También sabes que mi vida se basa en ir sobre la marcha.- El viento jugaba con su pelo y Hugo moría de envidia.  –En tu vida puedes hacer de todo un problema o de todo una solución; la elección depende de ti Lucía.

-Venga Hugo, ¿qué estás diciendo? Te fuiste, me dejaste sola en Fornelos. Todos creyeron que me había vuelto loca porque estuve sin salir de casa durante meses. Me apagué Hugo, me morí. Ahora soy de nieve.  - Hugo pensó que sí, que era de fría y hermosa nieve, de esa que corta la respiración, quema al tacto y puede matar en pocas horas. Claro que era de nieve, aunque se creía más fría de lo que en realidad era, pues el doctor siempre tenía presente algo que ella ignoraba: el hielo también quema. Lucía prosiguió, con la furia de una pantera enardecida: -Fui tan fuerte que incluso te amé con el corazón roto. No poder olvidarte, ni a ti ni a todos los momentos que pasamos juntos… ¿sabes lo humillada que me sentí cuando te largaste sin dar explicaciones? ¿Qué se supone que le tenía que decir a la gente cuando me preguntaban? Todos me miraban con pena Hugo, todos. Y ahora el destino me vuelve a poner a prueba…al verte sentado ahí, increíblemente feliz se me ha abierto la herida. Y no es cuestión de tocarla Hugo, las heridas que no cicatrizan no se curan.

-¿Crees que para mí fue fácil? ¿Crees que no me hundí? Me marché porque necesitaba encontrarme. Fornelos no era mi lugar y arrastrarte conmigo me parecía egoísta. Rompí mil relojes porque el tiempo te alejaba de mí. Pensé que lo peor era echarme de menos a mí mismo; pero lo realmente terrible vino al echar de menos a la persona que me había hecho sentir amor y hasta su caminar, su despertar, su forma de mirar, su mal humor, su estar mejor.
-Me costó Hugo. No he vuelto a conocer a ningún hombre. Tampoco tengo interés en hacerlo. Pero ya he aprendido que lo importante no es “tiempo al tiempo”, sino disfrutar en lo que eso ocurre.

-“O pudrirte por dentro o bailar al ritmo de la vida”, una valiosa lección que me diste. –Ambos sonrieron sarcásticamente. Lucía, que ya hacía rato que se había quitado las gafas, lo miró con deseo. Luchaba interiormente para no recordarle, pero el amor es más fuerte. –Sonríe Lucía, es la segunda mejor cosa que puedes hacer con la boca.

Se quedaron perplejos. No era posible que Hugo le hubiera dicho eso. Lo cierto es que le había salido del alma, como la oruga que piensa que el mundo se acaba y sale volando convertida en mariposa. Lucía cerró el libro, lo dejó apresuradamente en el sitio de donde lo había cogido y se fundió en un beso con él. Fue dulce; del tipo de dulzura que hace que algo difícil acabe saliendo bien. No deberían haberlo hecho, ya no era su momento; este pasó cuando, a pesar de que tenían el pincel y los colores, no fueron capaces de pintar un paraíso duradero en el que sumergirse. Pero, ¿cómo no amarla? Si tenía el alma más cálida del mundo y lo elegía a él para guardarle ahí.

En medio de ese pensamiento, fue ella quien alejó los labios primero. Cerró los ojos fuerte, arrepintiéndose. Lo miró durante unos segundos, se mordió el labio y se rio; siempre había creído que la risa era la música del alma. Ocultó en la medida de lo posible su dolor, pero tenía que marcharse y no seguir allí plantada, tampoco pretendía cambiarle la vida de nuevo. Se colocó las gafas de sol, le dio un beso en la mejilla y se despidió con una lágrima que se le escurría por la cara y diciéndole que los colores de una sombra pueden ser maravillosos. Él no la entendió, pero se refería a que procurase disfrutar de las pequeñas cosas que se le presenten, que la belleza no está solo en las cosas hermosas, que el amor existe de muchas maneras aunque no se engendre en una única persona, que creyese en su fuerza interior y que intentara ser susceptible de vivir una aventura cada uno del resto de sus días.

Volvió a la mesa donde le esperaba su esposa, pálido y tembloroso. El cappuccino estaba frío, pero se lo tomó de todas formas. Paula le pasó la mano por la barba y le preguntó si estaba bien. Hugo se sinceró, le contó lo sucedido desde que viajó a A Coruña y conoció a Lucía hasta minutos antes de regresar a su lado; no podía callárselo. Asombrosamente, Paula lo entendió y no se alteró. Ella lo amaba y no podía castigarlo por algo así, en esta vida hay que cerrar capítulos y si ese capítulo tenía que cerrarse en aquella tarde, ella no lo iba a impedir. –Ya no la quiero, es cierto…pero cuando la quise, mi voz buscaba el viento para tocar sus oídos.


La pareja siguió hablando del tema en la terraza hasta que se hizo de noche y decidieron regresar al hotel. Aquella noche llovió y, efectivamente, el agua fría se llevó el sabor amargo de esa pesadumbre que le había causado el vacío de sus besos.

Y que para mí no estás

No sé si escribirte,
si buscarte entre las páginas de algún libro,
si comprar un billete de tren para acercarme a donde estés.

No sé si pensarte,
si dejar que el tiempo pase 
hasta que la vida caprichosa nos deje atados.

He encontrado un zapato
¿seré la cenicienta que encierre tu cuento?
¿seré yo caperucita y tú mi lobo hambriento?

He perdido la cuenta
entre ecuaciones matemáticas y pensares filosóficos,
de esos que dictan que los corazones dejan de ser mágicos.

Ya no sé ni lo que digo,
solo digo lo que ni tan solo hago;
que ojalá fuera el destino quien quisiera ponerme a tu lado.

Pues ni mis pupilas te conocen,
ni mis labios te han rozado;
solo sé que existes y que para mí no estás, amado.

lunes, 5 de mayo de 2014

Al compás de dos te amo. El, ella.

A él le gustaba la vida fácil, aquella en la que el placer se encontraba en el sonido de una cerveza fresca y espumeante abriéndose. Una cómoda rutina en la que uno no podía perderse pero sí salir de vez en cuando. Quizá para ir un fin de semana a un pueblo cercano en donde disfrutar del sol y del ambiente. Ir al bar, tirar unos dardos, ver los partidos con emoción y que ganaran sus colores. Todo eso representaba para él una hedonista idea de lo que quería prolongar, no sabía si por mucho o poco tiempo, pero sí tenía claro que quería disfrutarlo tanto como le fuera posible.


Por otro lado se encontraba ella: risueña, nerviosa, estricta consigo misma y maniática, algo extravagante. Hasta su andar demostraba que era feliz observando la naturaleza, a pequeños saltos, que por las mañanas se acompasaban con el piar de los pájaros. No le gustaba esperar, la impuntualidad y la mediocridad eran cosas que sin duda le molestaban. Era fuerte, y le encantaba demostrarlo; esa seguridad que derrochaba al hablar, esos gestos que se notaba le salían del alma y a la vez estaban tan bien pensados, esas miradas penetrantes que acababan por conseguir sus propósitos, ese perfume configurado a base de su misma esencia. Sin embargo, y de una manera extraña, en la intimidad le gustaba que esa dura corteza se limara y dejar al descubierto a la joven y frágil parte de ella que estaba deseando ser amada con pasión.



Se compenetraban realmente bien. Al verlos, los guionistas de cine y los mejores escritores sentían envidia, pues sabían que no serían capaces de relatar algo tan hermoso como ese amor que ellos sostenían de una manera mágicamente espontánea. Hay que decir que entre ellos algo chirriaba, algo que no debería ser un problema, porque las aspiraciones que cada uno tenía eran personales y en lo que era su presente no era importante. Tal vez él lo viera así, tal vez ella se corrompía por dentro cada vez que llegaba a casa  y veía en el sumidero horas y horas tiradas de mala manera por su amado frente al televisor.


¿Era tan relevante como para que deteriorase una relación? ¿Por qué no podían tan solo evitar ser tan extremos y ayudarse mutuamente? Eso era el camino difícil y el orgullo les pudo. La calma se adueñó de él e histeria la dominaba a ella. Por eso, entre tanto orden desordenado de amor sin frenos, la misma cordura pegó un acelerón y la dignidad de la locura se rompió en mil pedazos, dejando un recuerdo que se les clavó en el corazón.

Años más tarde se volvieron a encontrar. Él caminaba despacio, pensando en cómo solucionar sus deudas y buscar un trabajo. Ella prácticamente corría, alterada y sin un segundo que regalarle al sol para que le calentase, dándose cuenta de que aquello no era vida. Se miraron y el tiempo se les volvió a escapar, pero esta vez no iba por un sumidero, sino que impactó en el suelo junto una lágrima que ambos soltaron al compás de dos "te amo".

sábado, 3 de mayo de 2014

Y ella...bueno, ella movía tus hilos.

Has tenido la gran suerte, o la gran desventaja,
de enamorarte de una mujer que quema,
de una mujer que levanta huracanes,
de una mujer que incendia bibliotecas,
que susurraba a su amigo el viento
que los relojes y el tiempo no podrían con ella.

Has caído en las gigantes telarañas
de una mujer de las que impone mirar a los ojos;
porque son esmeraldas que asustan,
serpientes que petrifican como hijas de Medusa.
De una mujer con la que te pasabas horas tirado en la cama
sin darte cuenta de que te estaba drogando a punta de mirada.

Te has enamorado de su magia, 
de su pensamiento divino,
de su cuerpo frío,
de su andar hipnotizante,
de su hablar tan penetrante,
de su pelo tan brillante. 

Y es que te habías olvidado 
de que el corazón se puede robar,
de lo que significa dejar de ser ser uno más,
de que los suspiros son como gotas de agua en el mar,
que no merecen la pena si no les sigue un beso.
De que su risa derretía desiertos de hielo,
de que su olor helaba la sangre y el fuego.


Habías intentado fusilar esos momentos
tan podridamente inciertos 
en los que tú eras su marioneta
y ella...bueno, ella movía tus hilos.






viernes, 2 de mayo de 2014

Interior, sociedad y política

Todos tenemos una fuerza interior, eso está claro. Pero, además de eso, tenemos una parte algo más oscura que está situada en una zona muy profunda de nuestro ser;  en la mayoría de los casos no hemos conocido ni la nuestra. Sólo en determinadas situaciones extremas la sacamos y es la más fuerte e increíble, aunque es cierto que también la más incontrolable y despiadada. ¿Será que cada uno de nosotros lleva un monstruo dentro que sale cuando las cosas no van bien? ¿Cuándo hay algo que nos desestabiliza al máximo? ¿Cuándo nos morimos de miedo y nos sentimos acorralados? ¿Cuándo la soledad actúa como una lápida sobre nosotros?

Vivimos entre algodones, en un laberinto de comodidad que ha variado la forma del peligro. Ahora no corremos detrás de una presa, somos generaciones de grasa que no quieren esperar más de tres minutos y medio a microondas en tener su comida preparada. Ya no disfrutamos con un atardecer, ahora el tiempo se escapa delante nuestra mientras estamos más ocupados mirando una pantalla que el horizonte. Ya no vivimos en sociedad, la sociedad sobrevive mientras la machacamos y nos hundimos con ella.

Me pregunto si de verdad alguien cree más importante que su hijo lleve ropa de marca y sea el que más “bienes” materiales tenga en vez de que saque buenas notas, sea buena persona, entienda el valor del trabajo,  la recompensa del esfuerzo y que intente ser feliz. Lo peor es que sé la respuesta: mientras sea más importante una cerveza y fútbol en el bar o ver ciertos programas de televisión basura que disfrutar de tu familia y educar a tus hijos en ciertos valores, vamos a un futuro de mierda.

También quiero aclarar una cosa, habrá gente que piense que no es necesario sacar buenas notas o trabajar y que equiparar eso a ser feliz es un error. Bueno, tengo que decir que para mí sacar buenas notas se traslada a felicidad en tanto que veo una recompensa por mi esfuerzo y que tener un trabajo es importante porque da una seguridad económica y, por desgracia solo en algunos casos, te realiza como persona. ¿No es importante el factor económico? No estoy de acuerdo. Tener una “seguridad económica” (como he dicho) para cubrir ciertas necesidades básicas sí me parece muy necesario. E intentar vivir al margen de la sociedad sin contribuir económicamente me parece un poco hipócrita, porque todos vamos al médico y queremos que se nos pague una operación que nos puede salvar la vida; todos vamos por calles asfaltadas y nos llega a casa luz y agua por unas instalaciones que todos hemos pagado. Es que hasta para encender la luz del semáforo, que permite que la circulación sea lo más “segura”, es necesario que todos paguemos. Y bueno, me estoy desviando del tema, pero tenía que decirlo, esa gente que quiere vivir al margen, antisistema que van de progres, creo que tenéis que enteraros de que hay muchas cosas además de la corrupción en política y que sí, es necesario que haya políticos, nos gusten más o menos.

Ese es otro tema del que quería hablar. La gente roba las toallas de los hoteles (por las cuales no, no pagáis, se paga la estancia o comida), lo que son muestras de algo cogen en cantidades industriales porque, total, es “gratis”, y hasta las tizas o los caramelos que se ponen en los centros de salud. Estoy segurísima de que la mayoría de personas que hacen esas cosas, si tuvieran delante 7 millones de euros y alguien les asegurara que no le van a pillar, se quedaría con un dinero que es de todos y que no le pertenece. ¿Qué estáis exigiendo de respeto si para empezar no respetáis las cosas más básicas? Alguien dirá que estoy exagerando, y sí, estoy exagerando porque no es lo mismo robar veinte caramelos que tal cantidad de dinero. Pero entended qué quiero decir, perdemos el derecho a exigir en el momento en que nos comportamos como ellos pero de forma aún más rastrera.


Y para finalizar quiero decir que deberíamos de sacar una parte más humana, más natural, más salvaje. Aunque puede que sea difícil, hay que compaginarlo con educación y respeto. ¿Llegará un día en que eso ocurra? Mal lo veo…

martes, 29 de abril de 2014

Así, pensando un poco en todo

Qué ganas tengo. La verdad es que lo he tenido tan claro siempre, que hasta me asusta pensar el poco apego que le tengo a mi pueblo, familia o amigos; aunque yo sé que realmente no se trata de poco apego, pues los quiero a todos infinitamente y si hay algo que me siento es san vicentera. Lo que realmente me pasa es sencillo: siempre he sido ese potrillo alado difícil de domar, abogada del diablo, defensora de las causas perdidas, etérea y soñadora. Creer en la magia del mundo, que es posible cambiarlo y que estamos aquí para ser felices son factores que también han influido para que no me sienta en casa de nadie y a la vez pueda hacer de casi cualquier sitio mi hogar.

Y eso es así, no tardo en acostumbrarme a los sitios, ni a los cambios, ni siquiera a las personas. Recuerdo una noche de hace dos años en la que me bajé del coche pensando en qué suerte tenía mi hermana mayor por hacer selectividad, tener 18 y desaparecer, pudiendo encontrar nuevas gentes y comerse el mundo. Ahora soy yo quien está en esa situación pero no me siento tan fuerte ni valiente, es más bien como estar a punto de saltar a un precipicio en el que abajo hay colocado un buen colchón que evita el fuerte impacto, pero que no quita el miedo. Es ese miedo, esa sensación de caer, de sentirte pluma y plomo a la vez la que voy a tener que vivir sí o sí. Y me muero de ganas como ya he dicho, aunque no me vaya a sacar el carné de conducir nada más ser mayor de edad ni salga a estudiar fuera de España, las posibilidades que se me ofrecen son enormes; y pienso subirme a todos los trenes que sea y aprovecharlo. ¿Va a ser duro? No lo dudo. ¿Voy a tener ganas de abandonar? Ya lo creo. ¿Voy a llorar? Como la que más. Pero también sé que si no lo hago, si no salto, me quedaré anclada y me preguntaré constantemente cómo fui tan cobarde de permitir que algo así se me fuera de las manos.


Qué asombroso me parece que haya personas que, teniendo la oportunidad de marcharse, decidan quedarse por el novio/a, los amigos, porque no se ven capaces de vivir solos…¿en qué piensan? Hay gente que sacrificaría muchísimo por lo mismo que ellos rechazan sin reparo ni vergüenza a decir que “vivir en casa es muy cómodo”. ¿CÓMODO? Dios, claro que es más cómodo, pero creo que es este año el punto de inflexión en el que hemos de arriesgarnos y suplantar comodidad por sacrificio y pasividad por valentía. Al fin y al cabo, se trata de echarle un par, sonreír y superar.

martes, 22 de abril de 2014

Diario de un corazón enamorado

Porque mientras mi último latido esté presente en este mundo, estaré luchando junto a ti, y cuando mis fuerzas emigren hasta otro universo, la mitad de tu persona estará conmigo. Porque eres tan grande que abarcas hasta el último pedazo de mi alma. Es posible, que si hiciese un esfuerzo similar al de arrancarme la piel, pudiera llegar a olvidarte algún día. Mil losas caerían sobre mi si eso llegase a ocurrir y, sería entonces y solo entonces, cuando dejaría de sentir aprecio por mi vida mortal; pues el único objetivo que
persigo es el de hacerte feliz.  




Probablemente, antes de que ese fatídico momento tuviese cabida, encendería hogueras en los desiertos más helados, llevaría el atlántico hasta las dunas doradas y haría más brillantes todas las estrellas del firmamento, para demostrarte que todo lo que me mueve es la ilusión de rodearte con los brazos y de no soltarte jamás.



Quizá sea un estúpido por amarte tanto y que esto de que duela tan solo pensarte es una especie de veneno que noto me consume por dentro cuando no estás. Tengo pensado, con total seguridad, que los candados más fuertes no servirían para encerrar los sentimientos en mi corazón, pues tú lo llenas. Tu magia lo ilumina. Tu cuerpo lo desboca. Tu risa lo hace latir. Tu mirada lo hace arder. Tu pensamiento lo hace inmortal. Tu forma de caminar lo enardece. Tu locura lo hace más grande.



Y no, ni el viento más enfurecido, ni el miedo más fuerte, ni la tristeza más abrumadora, ni siquiera las dudas más perturbadoras te conseguirán apartar. Porque sí amor, mientras mi último latido esté presente en este mundo, estaré luchando junto a ti.

domingo, 20 de abril de 2014

Esto no es un relato.

Supongo que será normal, esta sensación de no saber qué te espera, si estás haciendo lo correcto, de pensar que muchos ámbitos de tu vida se desmoronan, como un castillo de arena frente al viento. Esto de tener las cosas a medio atar y estar a merced de unos sentimientos que no controlamos. ¿Soledad? ¿Amor? ¿Celos? ¿Envidia? ¿Angustia? Tal vez...¿indignación? Toda una receta que nos lleva a saborear un postre de lo menos agradable y a descubrir que todavía se puede estar más hundido. Siempre se puede estar más hundido. Siempre puedes sentirte más solo y vacío por dentro. Siempre puedes experimentar más dolor; hasta que llegue un punto en que nada duela. La anestesia de los fuertes.

Espera. Respira un par de veces. Mira para arriba. Eh, tal vez no estés tan mal. Vuelve a hacerlo, toma aire. Ahora, comienza a creértelo: soy grande. No, no es tan fácil en absoluto. Se necesitan ánimos, apoyo, autocontrol...etc. Puedo pensar en algo eficaz como hacer una lista de sueños y de objetivos. También escribe todo lo que te duela (pero escríbelo siendo sincero, si te autoengañas, en fin, estás perdiendo a tu único aliado real, que eres tú mismo) y vete a un sitio a gritar hasta que la garganta te arda tanto como todas esas cosas que te queman por dentro. 


En efecto, esto no es un relato. Quiero intentar que os deis cuenta de que llegamos tan alto como queremos nos esforzamos. Puedes brillar, de muchas formas, y escoger la que más te guste. Para eso no hace falta más que preparación, rendimiento, trabajo, sacrificio, una pequeña pizca de talento y, sobretodo, ganas. Todas ellas palabras clave para lograr ser la persona que quieres ser. No me malinterpretéis por favor, podríais ser dibujantes de sonrisas en Nueva Zelanda y esto también lo tendríais que aplicar; no solo hay que ser bueno si eres abogado, médico o ingeniero, no. Tanto si te dedicas a una cosa u otra en la vida, tienes que ser el mejor. ¿Por qué? Pues creo que porque para mí es importante saber que lo que hago lo hago con todo el empeño del que dispongo y que, si no me esfuerzo al 100% (independientemente del resultado final) no estoy contenta. ¿Es este un posible motivo de infelicidad o frustración? Probablemente, pero ya lo analizaré en otra ocasión.


Si ha quedado clara la primera idea (DÉJATE LA PIEL EN LO QUE QUIERAS) es hora de introducir la segunda...¿estás atento? Vale: LO QUE HAGAS, QUE SEA EN VIRTUD DE LA FELICIDAD. "La felicidad", aquello tan hedonista que nos han inculcado que hay que buscar. ¿Cómo puedes buscarla? Por favor, si alguien lo sabe que me ilustre. No se encuentra "la felicidad", no es un jersey. Es más bien como pintar un cuadro. Poco a poco se crea, en una mezcla más o menos perfecta de pinceladas que, al final y solo en su conjunto, acaban siendo una experiencia visual de lo más satisfactoria. Así es la felicidad, un aglomerado de experiencias que solo compartidas con quien de verdad quieras podrán llevarte a un estado de bienestar mucho más placentero que cualquier cosa. 


¿Acaso no vivimos para ser felices? En absoluto. Mirad a vuestro al rededor y veréis claros símbolos de infelicidad por doquier. Por supuesto están todas estas cosas que te alegran el día, pero "felicidad"...amigos, ahí entra la que os he dicho que es mi segunda idea: LO QUE HAGAS, QUE SEA EN VIRTUD DE LA FELICIDAD (tanto propia como ajena).


Finalmente quiero despedirme de esas sensaciones de las que hablaba al principio, al menos por un tiempo. Ya no me siento así, disfruto atando los cabos de mi vida y aunque de vez en cuando alguna cuerda se desate, ya no supone un desequilibrio. Sé que volverán y en menos de lo que mis expectativas lo desean, pero mientras, a disfrutar de este bello cuadro que estoy intentando pintar.

lunes, 7 de abril de 2014

Los mejores comienzos pueden surgir de los peores finales

¿Por qué negarnos a aceptar que todo tiene un principio y un final? Ni los comienzos son mejores que los finales ni estos últimos tienen siempre un carácter más trágico. Eso se lo damos nosotros cuando nos engañamos pensando que será eterno y, cuando nos aceramos al precipicio y toca decir adiós, todo se nos hace cuesta arriba. Parece que hasta hayas dejado de ser tú mismo, que tu existencia no tiene sentido, que todo lo vivido hasta entonces fue una ilusión y que tú, producto de tu propio engaño y cegado por la venda de la falsa eternidad, te has inducido en una pesadilla de la que no podrás salir.

¿Por qué hacemos eso? Incluso cuando hemos aprendido la lección volvemos a creer que el camino es llano y sin fin. Pues bien, el horizonte también es alcanzable. Todo lo que tengas no significará nada si no sabes emplearlo correctamente, lo mejor no te servirá si no lo usas empleando todo tu potencial y lo peor que tengas será lo que te obstaculice como no lo controles. Es tan fácil como poner toda tu fuerza en algo pero sin olvidar nunca que hay que saber incorporar los cambios, incluso cuando estos implican poner los pies en el cielo y darnos con la cabeza en el suelo.

No tengas miedo a saltar, probablemente te des un golpe al caer, pero seguro que aprenderás. Cada parte de si se hará más grande y las soluciones las irás encontrando en relación a lo que te esfuerces. Y si te equivocas siempre puedes elegir otro camino. De todas formas, la Tierra seguirá girando y la gravedad actuará sobre ti de la misma manera que los demás, lo alto que llegues solo depende de ti.

jueves, 3 de abril de 2014

HUGO CAAMAÑO, CAP. 3: Cada uno decide en qué infierno quemarse

No había pegado ojo en toda la noche. La idea le rondaba la cabeza y le impedía entrar en fase onírica. ¿Qué pasaría si no conseguía ese trabajo? ¿Tanta dependencia le había creado el solo pensamiento de volver a pasar consulta? La verdad es que era un buen remedio contra las horas vacías… Sin embargo, la pregunta que más le atormentó fue de dónde había salido semejante ángel de fuego. Tuvo un sueño y se despertó con la sensación de que le dolía, contemplarla le dolía. Le abstraía; observarla le abstraía.

Como si de un episodio sangriento se tratase, su melena pelirroja le caía en la espalda, como un río de lava interminable en el que perderse. Más abajo, sus mejillas sonrojadas inspiraban ternura y compasión. Sus labios; le volvían locos sus labios. Cuando pensaba en ella aparecían, sensuales, diciendo algo que no alcanzaba a comprender. Casi hipnóticos; que te hacían perder la cabeza y que tu único objetivo en esta vida mortal, fuera besarlos.

A pesar de toda la locura que en él desataban aquellas dos golosinas que custodiaban su boca, lo que más le gustaba eran, indudablemente, sus ojos. Como dos entradas al cielo, como las puertas traseras al paraíso; un lugar en el que deambular cual errante en los pensamientos más oscuros. El color verde intenso recordaba a las selvas amazónicas. Hasta que no te fijases bien, no podrías entender el fuerte pigmento verduzco que desprendían, como la luz al pasar a través de las esmeraldas más puras.

El sueño que tuvo solo magnificaba aún más a ese ángel desalado de tez perfecta que se había cruzado en su camino. Hugo se encontraba sumido en el fondo de un lago frío y oscuro, en el que sonaba la canción de su película favorita con matices de ahogo. Cada vez, la escena se ralentizaba más y se volvía pausada, sintiendo que la muerte se abalanzaba sobre él. Y de repente, llegaba ella. Llevaba un largo vestido blanco de gasa, que ondeaba al mismo compás que su melena incandescente. Brillaba, por sí sola, y mucho más con el reflejo de la luna. Le lanzaba un beso, uno de esos que se queda flotando en el ambiente. Y entonces, todo se tornaba seco, más rápido, sonaba la música al ritmo adecuado, la sensación de ahogo desaparecía y la oscuridad se trasformó en luz, una luz destellante que lo despertó, con los primeros rayos de sol que la mañana le ofrecía a Hugo.

Se vistió elegante, como siempre, y se dispuso a ir al ayuntamiento. Cordialidad ante todo. El edificio no era gran cosa, pero tampoco se esperaba más de un pueblo de aquellas dimensiones. La secretaria le envió a la puerta de un despacho, el de Vicente Acevedo. Este le recibió con un gesto amable, confiado, casi familiar. La situación fue comentada: que era nuevo, que no conocía el pueblo ni a sus gentes, que los forasteros no eran bien acogidos… y que era su vecino. De todas formas, si algo había aprendido Hugo con el tiempo, era a hablar; su abuelo le decía “hablas como tu madre y escribes como tu padre”, al parecer, lo único bueno que había heredado de ellos. El trabajo era suyo. Pasaría consulta en su casa, él se conseguiría el material necesario por el momento y el salario no cubriría sus necesidades primarias. A pesar de todo esto, se sintió afortunado de volver a ejercer.

Ya era media mañana y Hugo tenía hambre pero había muchas cosas que preparar, entre ellas, habilitar una consulta. Así que fue a casa y sin perder un ápice de su tiempo, comenzó una pequeña mudanza interna.

Satisfecho con el resultado, decidió que esa noche saldría a tomarse una cerveza, era sábado. Él no era muy dado a eso, pero el sentimiento de revoloteo que sentía en su estómago al pensar en Lucía fue lo que le impulsó a salir, para ver si la casualidad hacía mella en el destino y este intercedía, volviéndolos a cruzar.

Se puso un par de gotas de perfume; uno que lo envolvía de intenso magnetismo masculino. No sabía con qué panorama se iba a encontrar, pero no le importaba. La tarde fue más fría de lo esperado, y eso no invitaba a poner un pie en la calle. Hugo, decidido, fue al centro del pueblo. Gratamente sorprendido, se encontró un espectáculo muy distinto al del primer día que llegó: muchos jóvenes bailaban en la plaza, bordeada con farolillos de colores y con la banda tocando alegres baladas. Todos reían, ajenos a su presencia. Las muchachas iban con las  únicas faldas de su armario, orgullosas de que el vuelo de la prenda las acompañara en cada giro.

Se hizo algo de silencio cuando se reparó en la silueta del doctor. Era tan diferente a los demás, que desprendía esa magia incapaz de ser trasmitida por los otros varones. A más de una se le escapó una risilla nerviosa, y todos esos ojos lujuriosos que le miraban, le sentaron bien. Estaba cambiado, más galante y despreocupado. Deseoso de verla, deambuló por las distintas casetas de comida recién hecha que ofrecían calor a los asistentes al baile. No se equivocó, ahí estaba Lucía radiante, con un vestido verde que hacía juego con sus ojos. La cinta que le recogía el pelo, la hacía más hermosa, dejando ver con totalidad las pecas que le cubrían la piel. Sin embargo, le flojearon las piernas al verla con otro, dándole vueltas cual delicada muñeca de porcelana, de estas que hacen que te quedes embelesado mirando la caja de música que gobiernan. La verdad es que no había barajado esa posibilidad…pero al fin y al cabo era muy joven y bella, lo más normal era que medio pueblo se derritiese a sus pies.

En un arrebato de pasión, tan impropio de él, fue a la barra de bebida del Parrulo Coxo y se tomó del tirón un par de vasos de algo que desconocía, pero que le quemó la garganta y le penetró hondo. No debería seguir, él sabía cómo de malo era eso. Pero daba igual. La vista comenzó a nublarse y la ley de la gravedad parecía cambiar el universo de lugar. Pero daba igual.
Se le acercó una chica con bastante gracia al moverse. Parecía que quisiera sacarlo a bailar. Sólo recuerda una bonita sonrisa y las miles de vueltas que le hizo dar. No presentaba ningún tipo de interés en ella. En aquel aturdido mundo patas arriba, vio la cara de desaprobación de su ángel. Intentó decirle cualquier cosa, pero si de algo era consciente, era del ridículo que estaba haciendo. Supo más tarde que ese chico con el que bailaba Lucía era el hijo de la panadera Juani, y estaba prometido con la hija menor de Rodolfo, el veterinario. Allí parecía que cada uno tenía asignado una persona con la que cumplir, un papel que representar, les gustase o no. Todos menos Lucía, que era ese espíritu libre, esa hoja que danza con el viento y que no pertenece a nadie. Intentó ir detrás de ella, pero no estaba en condiciones y tampoco habría sabido qué decirle.
Con dificultad encontró su casa. Metió la llave en la cerradura torpemente y se subió a la cama. Perjuró que jamás volvería a hacer algo así. Esa noche, volvió a tener la misma pesadilla, pero esta vez ella no estaba para salvarlo de la asfixia, y moría ahogado en la más profunda oscuridad.

Se despertó, de nuevo con un destello en la cara. El sonido de uno de los gallos que cacareaba en la lejanía le martilleó la cabeza. Ya no tenía edad para estas cosas, se repitió así mismo una y otra vez. El café oscuro le espabiló un poco y justo antes de comenzar a tocar la primera nota con su violín, llamaron a la puerta. Los golpes fuertes le molestaban, y mucho más si lo interrumpían antes de hacer algo tan importante como era acariciar su preciado instrumento.

Una señora de aspecto campestre y su hija le esperaban en el portal. Se veía el ansia y la curiosidad en sus ojos y, aquello de que venían para que le mirase a la joven unos eccemas en las manos, no era más que una excusa para cotillear e intentar colocársela. Al parecer había corrido la voz de que era el nuevo doctor del pueblo y del espectáculo que dio la pasada noche, en lo que pudo considerarse su tarjeta de presentación. Por eso, estaba seguro de que a lo largo del día, recibiría más visitas de intranquilas madres por el futuro de sus hijas.

Se notaba que la “niña” sabía que esa irritación era producto de la alergia, aunque su madre insistía en una atención exhaustiva a toda su superficie corporal. Hugo, decidió inteligentemente, sacar a la progenitora de la habitación y hablar con la paciente. En menos de cinco minutos, ambas habían salido de allí con un antihistamínico.

Pasaron unas cuantas horas y ya era de noche cuando volvieron a llamar. Era Lucía. Hugo se avergonzó de no haberse afeitado, pero la muchacha parecía alarmada y no reparó en su aspecto. Una mujer se había puesto de parto cerca de allí. Tomaron camino sin hablar de lo sucedido la noche anterior y llegaron apresurados a la casa. Ya estaba dilatada y la sangre brotaba de manera incontrolada. Marta sudaba y gritaba como si de una tortura se tratase. Tras un laborioso trabajo, Hugo ayudó a que Martín, el pequeño integrante de esa familia, saliera adelante y le otorgó con el mayor regalo del mundo: la vida.

Hugo y Lucía salieron de allí cansados a la vez que maravillados. No hablaron, ni tan solo se miraron. Sin embargo, pasó algo extraño. Ella se paró en seco en medio del prado. Estaba oscuro, pero las estrellas contrarrestaban la opacidad de la noche. Comenzó a bailar, alzando los brazos y las piernas. No hacía falta música porque parecía un auténtico espíritu sacado del infierno más hermoso, capaz de atrapar a cualquiera entre sus movimientos. Se le acercó, despacio, sin brusquedades, solo mirándole. Hugo, que se sentía tan intimidado, parecía sufrir una arritmia. Lucía, cuyo nombre describía esos fuegos artificiales que salían de su alma cada vez que respiraba, le rodeó con los brazos y le besó. Era un beso silencioso, atrevido y tímido, lujurioso y calmado, cargado de amor y de deseo. Era simplemente increíble. Se despegaron sus labios y Hugo le preguntó cómo era posible que sucediera eso después de su comportamiento. Ella le explicó que no era como los demás, que tenía un corazón noble, como los leones. Que era fuerte, protector, inteligente, diferente, prohibido. Y que cada uno, decide en qué infierno quemarse.

Siguieron besándose de camino a casa del doctor, y una vez allí, desataron una guerra en su cama, una guerra en la que los dos ganaron orgasmos profundos y sudores de amor.